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Un panorama triste, desolador. La alegría fugaz terminó en tristeza y decepción.

El club Sport Boys Warnes simplemente sobrevive, víctima de la indiferencia y el abandono al que lo postraron quienes lo usaron como un hobbie, capricho y/u objetivo político, dejándolo con una enorme deuda y en el ascenso.

Hoy, el sorprendente campeón de la Liga del Fútbol Profesional en 2016, está en la Primera A de la Asociación Cruceña de Fútbol, participando con los jugadores juveniles que no optaron por la libertad de acción.

No puede incorporar jugadores por el castigo que le impuso FIFA por no pagar deudas a exjugadores y entrenadores.

Con la Sub-17 juegan la categoría Sub-19, y con los de la Sub 19, más algunos integrantes de la Reserva, participan en el torneo de la Primera A.

Sport Boys Warnes fue fundado por comerciantes vallegrandinos y camireños de la zona del mercado Siete Calles.

Fue re-fundado un 23 de agosto de 2001. Pedro Zurita pagó 10.000 dólares en 2000, quedó como propietario y trasladó la condición de local a Warnes.

Nacía el Toro warneño. Una década después pasó a vivir una etapa rocambolesca. Quedó en manos de políticos, contrató como futbolista al entonces presidente Evo Morales, fue dirigido por una mujer, Hilda Ordóñez, que era la secretaria general del club; y se consagró campeón nacional.

Tuvo como presidente a Mario Cronenbold, entonces alcalde de Warnes; lo sucedió por poco tiempo el empresario Luis Alberto Ruiz, y luego tomó el mando Carlos Romero, que fungía como ministro de Gobierno en la gestión de Evo Morales.

El show duró poco

Mario Cronenbold le impuso su impronta mediática. Logró ascender a Sport Boys a la Primera División en junio de 2013. Por su afinidad política, en 2014, le hizo contrato a Evo Morales, provocando un revuelo informativo incluso a nivel mundial.

Trajo como refuerzos a conocidos jugadores argentinos en decadencia (“Bichi” Fuertes y el “Ogro” Fabbiani) generando expectativa en el torneo.

El entusiasmo no le duró mucho. Los resultados no fueron buenos y Cronenbold abandonó el club en noviembre de 2014.

Aventura pasajera

Fue entonces que el empresario Luis Alberto Ruiz apareció en un momento de acefalía.

Asumí el mando de Sport Boys luego del ascenso. Se logró cubrir una deuda de 700.000 dólares que la bajamos a 30.000. Estuve un año, y después vino Romero, que manejó 3.000.000 de dólares”, contó en su momento Ruiz.

La era Romero

Carlos Romero asumió como presidente a principios de 2015 y en diciembre de ese año Sport Boya festejaba la conquista del título del campeonato de la Liga del Fútbol Profesional Boliviano.

Recibió 1.800.000 dólares por su participación en la fase de grupos del torneo internacional. Sumando otros ingresos, llegó a recaudar 3.000.000 millones de dólares en esa gestión.

Llegaron jugadores ecuatorianos, colombianos, españoles, argentinos, y contrató nad amenos que a Xabier Azkargorta como entrenador.

Romero abandonó el club a mediados de 2019, en momentos de turbulencia política en el país que afectaron a su partido, el MAS. Nunca anunció su salida. Se fue y no regresó más.

Empezó la caída libre de Sport Boys.

Tocó fondo a finales de ese año. Debía varios meses de sueldo a los jugadores y no tenía dinero para costear los viajes del plantel para los partidos. En la penúltima fecha del campeonato 2019, no pudo viajar para jugar con Real Potosí, y el Tribunal de Justicia Deportiva (TJD) lo desafilió por no presentarse.

De tener una planilla mensual de 220.000 dólares, de pronto bajó a menos del uno por ciento, 2.000 dólares. Hoy no llegan ni a esa cifra.

El club está otra vez en manos de Pedro Zurita, su propietario original.

“Lamentablemente nosotros fuimos rehenes durante mucho tiempo de toda esta gente. Mario Cronenbold dejó una deuda de 280.000 dólares, pero Carlos Romero es el responsable del ochenta por ciento de lo adeudado hoy, que asciende a 350.000 dólares”, manifestó Zurita.

Sport Boys sufre las consecuencias de la crisis. Está expuesto a las goleadas porque compite con los juveniles que le quedaron. No hay solución a la vista. Es una víctima más de la informalidad que reina en el fútbol boliviano.

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