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El 7 de noviembre de este año falleció Aida McKenney Velasco (90) y Santa Cruz perdió a una de las gestoras culturales más importantes que ha tenido a lo largo de su historia.

Para citar solo algunos de sus aportes bastan mencionar que fue la creadora del Instituto Bellas Artes, desde su gestión en la Casa de la Cultura impulsó festivales como el Sombrero ‘e saó, fomentó el intercambio de artistas nacionales y de Estados Unidos, además de fundar el Coro Santa Cecilia, el Círculo Pro Música, entre muchos otros proyectos culturales a los que se dedicó con empeño y con la humildad y sencillez que siempre la caracterizó. 

A modo de rendirle homenaje hoy, a las 19:30, amigos, instituciones y grupos de los que formó parte, junto a la Secretaría de Cultura y Turismo Municipal realizarán un acto especial en la Casa de la Cultura con aforo reducido.
  Aquí rescatamos el testimonio de algunos amigos y personas que trabajaron de cerca con ella. 

Así la recuerdan

“Aidita, como siempre la llamé, ha sido compañera, amiga en gran parte de muchos años de trabajo que hemos recorrido juntos. Ella, como presidenta de la Casa de Cultura por 12 años y yo su director ejecutivo por casi 11. Pero con Aidita nos conocimos muchísimo antes, su mamá a quien yo decía tía Adelaida, pasaba sus vacaciones de verano en el Palmar del Oratorio donde pasé los mejores días de mi niñez y juventud.

Ya más joven y ella casada con Günther Holzmann un grupo de mis amigos y amigas asistíamos semanalmente a las noches de música en su casa de la 21 de mayo y primer anillo. Allá con la completa y rica colección de discos de música clásica y buen tocadiscos pasábamos bellas veladas”, recuerda Marcelo Araúz. 

Mckenney y Araúz “fueron la dupla perfecta para perfilar y desarrollar un movimiento cultural en todo Santa Cruz. Son innumerables las acciones y proyectos realizados”, comenta la gestora cultural Cecilia Kenning. 

Araúz comenta que con ella se logró gestionar la instalación del teatro de la Casa de la Cultura, el terreno para el taller de artes visuales del segundo anillo y el apoyo económico de Cordecruz. Sin embargo, destaca que fue a partir de 1978 que el trabajo con Mckenney fue más fructífero, ya que ella fue una de las principales promotoras del Festival Sombrero ‘e saó, que en sus diferentes versiones logró revalorizar la música del Oriente boliviano. 

“Con el nacimiento de la red de Bibliotecas Públicas y Centros Culturales Aidita siempre acompañó y promovió la enorme cantidad de actividades que allí se realizaron. A la par, en la Casa de la Cultura, en esos años había ciclos de música de conjuntos y artistas extranjeros y nacionales. Con el Círculo Pro Música que ella y Ana María Weisse de González crearon ofrecieron hermosas temporadas de abono al público local.

 También apoyó a la Escuela de Canto Lírico Claudia Parada, cuando la artista cruceña volvió de Italia para instalar su proyecto para formar cantantes de ópera”, explica Araúz.

“Quién no recuerda a Aidita trajinando sin parar por instituciones, autoridades, potenciales auspiciadores para sus proyectos y sobre todo por los teatros y todos los lugares donde se desarrollara una actividad artística, sobre todo la música, su pasión. Corrían los años 70 y un poco antes quizá. Santa Cruz de la Sierra no siempre contó con infraestructura cultural y ante esa carencia, ella brindaba su casa y su piano para hacer veladas musicales con público que quizá no conocía, pero que al igual que ella amaba la música”, cuenta Kenning y menciona que Mckenney se inició en el Coro Santa Cecilia, del que fue su directora un tiempo. 

De esas reuniones salió el proyecto de fundar el Instituto de Bellas Artes y Educación Integral, a modelo del Instituto Laredo de Cochabamba. Y unieron fuerzas un grupo de ciudadanos que lo llevaron a cabo en 1976. 

“Este Instituto fue su gran obra, con miles de contratiempos que tuvo que sortear, desde conseguir los permisos del Ministerio de Educación hasta la construcción de su infraestructura y finalmente la oposición de padres de familia y profesores a que siguiera siendo un centro de educación privada (con apoyos oficiales) para garantizar la excelencia y el cumplimiento de sus objetivos. 

Pero su obra está allí, con resultados mucho mejores de los posibles, y gracias a ese centro de formación se puede tener hoy más de 30 Coros y orquestas, porque de allí salieron los profesores que en todo el departamento de Santa Cruz han ido formando a los más de tres mil músicos que hoy nos regalan su arte y siguen formando niños y jóvenes en toda la geografía departamental” afirma Kenning.

La gestora cultural agrega que “Aidita era tenaz en sus acciones y tenía una gran paciencia, además de muy buen carácter, amable y suave, al mismo tiempo que firme en sus convicciones”.
Piraí Vaca fue uno de los alumnos beneficiados con la creación de Bellas Artes. “Infinitamente agradecido a Aidita. Entré a los 10 años al instituto y fue algo definitivo para mí, algo que cambió el curso de mi vida, y eso es algo que le agradezco profundamente”, afirma el consagrado concertista. 

El naturalista Javier Coimbra, hijo del historiador y escritor Germán Coimbra recuerda la amistad que unió a su familia con la de Mckenney a quien llamaba tía. “En mis recuerdos en que ella aparece, la música y su risa siempre estuvieron unidas. En innumerables conciertos, en coros y orquestas, ella siempre está presente, con su aire distinguido y la sonrisa afable. Y luego, mis hijos.

 Mis seis hijos pasaron su infancia y adolescencia en aquella obra suya, el Instituto de Bellas Artes, entre cantos, cuerdas, vientos y danzas. Y de vez en cuando, la risa de Aida”, rememora Coimbra.

“Al igual que mi mamá, recuerdo recorrer los pasillos de Bellas Artes desde que era niña. A mi abuela le encantaba llevarme allí para mostrarme un poquito de su mundo. Mientras caminaba, se escuchaba en el fondo ese aire musical tan peculiar del instituto que daba vida al colegio entero. La música atravesaba cada puerta mientras otros estudiantes aprendían matemáticas o literatura. Era un ambiente único y lleno de vida, igual que ella”, cuenta Juliette Betram, nieta de la creadora de la institución a la que le dedicó más de cuatro décadas. 

Mckenney, fue también por muchos años embajadora de Compañeros de Las Américas en Santa Cruz y la persona que más facilitó los intercambios con el Capítulo de Arkansas. Este convenio estableció grandes ventajas para que los jóvenes bachilleres cruceños y del oriente pudieran estudiar en las universidades de Arkansas con precios de matrícula como si fueran nacidos en ese estado, es decir la mitad del costo que pagaría un joven de otro estado. 

“Un enorme beneficio para muchos de nuestros jóvenes, ahora profesionales de alto rango. Beneficio también para nosotros padres de esos muchachos que si no hubiera sido por el acuerdo logrado nunca hubiéramos podido pagar el costo de universidades en ese país”, menciona el fotógrafo Hermes Justiniano. 

Por su parte la artista Ejti Stih y su esposo el arquitecto Luis Fernández de Cordova señalan su aporte vital a la cultura cruceña. “Al pensar en ella se nos vino a la mente la célebre frase de Bertolt Brecht en la que habla de las personas imprescindibles y ella lo fue”, concluyen.

Sin duda que la figura de Aida Mckenney ha sido imprescindible para la cultura boliviana.

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