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El llanto

Eran las doce del mediodía cuando la presión arterial de Fátima Eyzaguirre se disparó por las nubes. Se agitó y pensó lo peor. Ella y su amado, Teófilo Caballero, corrieron hasta la clínica y desaparecieron en esos pasillos con olor a alcohol. El tiempo se había acabado... Hugo, Ana y Mónica pateaban la superficie. Querían salir de la oscuridad.

El idilio

Fátima lo reconoce. Se concentró tanto en su formación profesional que no le dio importancia a casarse y ser mamá. En la universidad estatal se graduó de Derecho y de Ciencias Políticas. Se sumergió en el mundo de las leyes y creyó que era feliz y plena. Estaba equivocada. “Lo que pasa es que no llegaba el hombre correcto, mi príncipe azul...”, dice.

Al parecer ese caballero se atrasó tanto con su caballo y todavía seguía dando vueltas atrapado en una fantasía. Ella ni lo buscaba ni lo esperaba. Nunca pensó que el tren del amor se le había ido. Ese ser que la besaría y le pediría matrimonio siempre existió. Era 2008 cuando conoció a Teófilo.

El mismo círculo institucional los unió. Él se desenvolvía muy bien como economista y ella como una experta en abogacía. Solo conversaron de sus grandes pasiones. Pero, una vez, Fátima le envió una felicitación de cumpleaños por Facebook. Teófilo agradeció con una invitación a cenar y en cuestión de horas los dos estaban mirándose a los ojos alrededor de una mesa.

Ese romance creció durante todo 2014. Y, un 23 de mayo de 2015, floreció. Esa fecha era especial. Ese mismo día había venido al mundo la mujer que, a sus 46 años, se vistió de blanco y empezó a soñar.

El deseo

Querían tener un bebé. Era el deseo de ambos. Lo intentaron, pero la naturaleza lo impedía. Acudieron ante un médico y este les habló de la fecundación in vitro. Se empaparon tanto del tema que se animaron a buscar a su hijo. Hubo tres intentos fallidos.

Fátima le dijo a Teófilo que lo hicieran por una cuarta vez. Él movió la cabeza. El doctor le iba a colocar dos embriones, pero la mujer le pidió que sean tres. Las anteriores veces ninguno funcionó y creyó que, con tres en el interior, había más posibilidades para concebir al menos a uno.

Lo que Fátima no sabía era que el destino ya estaba escrito. Quedó embarazada y aún recuerda cuando el especialista, sorprendido y nervioso, le dijo que no esperaba a uno sino a tres niños. Tres angelitos comenzarían a formarse en su barriguita.

La experiencia

Comenzaba 2020 cuando Fátima se enteraría de que sería madre. Durante la pandemia se cuidó muchísimo. Solo salía a su control médico. No tuvo ningún antojo y ninguna molestia. Cuando reposaba su cabeza sobre la almohada descansaba placenteramente y nunca sintió una molestia.

La barriga comenzó a crecer más y más. Sus amigas le prepararon el baby shower vía Zoom, pero el parto se adelantó. La madre estaba cumpliendo las 31 semanas de gestación cuando se le subió la presión arterial y eso le generó una preeclampsia. Tuvo que ser operada de emergencia.

Ella dice que nunca pudo ser estabilizada. Un derrame cerebral tocaba a su puerta y estaba decidido a arrancarle el aliento. Ella luchó. Gimió. Al mediodía de ese 11 de agosto, escuchó un llanto. Era Hugo, con su rostro bañado de sangre. Luego vendrían los otros dos. Inmediatamente los trillizos fueron colocados en unas incubadoras y Fátima recién los conoció a los tres días.

Durante casi un mes, los pequeños vivieron en terapia neonatal. No necesitaron de respirador. Una infección visitó el cuerpito de Hugo, pero después salió de él. De los tres, él era el más débil. Pero, el peligro los dejó en paz. En ese momento crítico, Fátima recuerda que un ejército de hombres de bata la asistían agitados. Había tres pediatras, tres neonatólogos, tres ginecólogos, tres enfermeras y un anestesiólogo. Ella cree que lo que sucedió esa vez fue un milagro.

La nueva vida

Los trillizos decidieron llegar a Bolivia a casi siete meses de su formación humana. Hugo pesó 1,5 kilogramos. Le hicieron la luminoterapia para que pueda salir de su encierro. Su mamá lo llamó así en honor a su padre, que ya no pudo conocer a sus nietos.

Ana pesó 1,6 kg. Así se llamaba su abuela paterna. Luna es su segundo nombre. Y Mónica registró 1,7 kg, y recibió el nombre de la hermana menor de su madre. Ahora, los tres, ya están en casa.

Cada uno está rodeado del amor de sus papás y de su familia. Antes. Cuando Fátima y Teófilo se enteraron de que serían tres sus alegrías, entonces reacomodaron todo. Hoy, hay una cuna especial. Tres chupones. Tres mamaderas. Y cada uno tiene su ropita.

Ninguno se viste igual que el otro. Fátima quiere que sus personalidades sean desarrolladas normalmente sin ninguna influencia maternal. Y hace unas semanas se divirtió con ellos cuando los disfrazó para Halloween. Anita fue la
Batichica. Hugo, capitán América y Mónica, la mujer maravilla.
El
resultado fue estupendo.

Las amigas que se quedaron con las ganas de celebrar la venida de los niños tuvieron que esperar que la tormenta pasara para expresar sus mejores deseos.
Y resultó ser un pos-baby shower. Los regalos siguen llegando a tres meses de la llegada de los trillizos. Es la felicidad más grande de Fátima y, obviamente, de Teófilo. Ella siempre fue una mujer inquieta en el ámbito social de Santa Cruz de la Sierra. Y su nombre es muy reconocido, porque pertenece a numerosas instituciones. 

Guardó silencio cuando se enteró de su embarazo. Después hizo un post en Facebook y sus amigas no pararon de llamarla. Esas conversaciones no han terminado. Ahora, la gente se comunica para preguntarle sobre la fecundación in vitro. Ella dice que ninguna mujer debería tener miedo al tratamiento y las anima a probarlo sin importar la edad.

Ella, a sus 46 años, encontró esa felicidad plena de la que nadie le habló en esas charlas interminables de abogados. Su esposo tiene 56 años. Es docente universitario hace más de 25 años. Presidió el Colegio de Economistas y fue vicepresidente del Comité Pro Santa Cruz.

Hace tres años, Fátima fue la ‘gobernadora’ de los 46 clubes de leones. Era la primera vez que una mujer recibía esa tarea. Es carnavalera; pertenece a las
Amazonas y a las Cuñataí. Hoy, sin dudar, dice que su mayor logro es ser mamá.