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Condé Nast Traveler, una prestigiosa revista de viajes de lujo y estilo de vida, dedicó el fin de semana un extenso reportaje a los vinos bolivianos y a los valles donde se producen, invitando a sus lectores a degustar la producción nacional y a descubrir estos paisajes. Especial atención mereció Samaipata, en Santa Cruz, descrito como "simplemente impresionante, porque puedes estar recogiendo uvas, bebiendo vino en un viñedo, y luego, 20 minutos más tarde, estar en una selva tropical".

El reportaje inicia contando la aparición sorpresiva de Bolivia en el mapa vinícola del mundo, en 2013, cuando la botella Juan Cruz del viñedo Aranjuez de Bolivia obtuvo la medalla principal en un concurso de cata de vino a ciegas, en Montevideo (Uruguay)

Ramón Escobar, cofundador boliviano-estadounidense de la empresa Chufly Imports que distribuye vinos y licores bolivianos en EEUU, recuerda que, en ese entonces, los jueces no entregaron la medalla hasta que fueron y verificaron que el vino ganador había sido hecho en Bolivia.  

No les quedó duda y, desde ese momento, Escobar reconoce que el vino boliviano comenzó a recibir reconocimiento en el país y en el exterior

"Al igual que muchos países en desarrollo, es una triste realidad que la gente no asocia la calidad con sus propios productos domésticos, aspiran a importar marcas europeas o extranjeras, y creo que eso está empezando a dar un giro en Bolivia", expresa a Condé Nast Traveler Escobar, que hasta antes de la pandemia importaba vinos bolivianos para nueve restaurantes con estrellas Michelin en Estados Unidos. Actualmente, la compañía los comercializa en línea con envíos a todo el país norteamericano.

Para el empresario, fue difícil voltear la mirada de los amantes de los vinos hacia Bolivia, que prestaban atención a vecinos como Argentina y Chile, países productores de algunos de los mejores vinos del mundo. 

Pero, ante ellos, Escobar menciona que "la altitud es un diferenciador del vino boliviano y por eso se destaca tanto". 

Los impresionantes valles de Bolivia

"El viñedo promedio en Napa (EEUU) está alrededor de 1000 pies sobre el nivel del mar; en Borgoña, Francia, el viñedo promedio estaría alrededor de dos o 300 pies sobre el nivel del mar; y en Bolivia, el viñedo promedio comienza a 5200 pies sobre el nivel del mar. Así que estás hablando de un clima totalmente diferente en el que el sol brilla mucho más fuerte, la atmósfera es más fina y, cuando se tiene en cuenta todo eso, la uva cambia realmente", asegura Ramón Escobar.

En este punto, cita las diferencias que existen entre las tres regiones vinícolas más importantes de Bolivia, ubicadas en los departamentos de Chuquisaca, Tarija y Santa Cruz. 

"El Valle de Cinti es como tener un viñedo en el Gran Cañón, con propiedades que salpican el río que lo atraviesa. En Tarija, la principal región productora de vino del país en el sur con la mayor parte de los viñedos, una colección de valles dentro de la zona más grande, es conocida por un clima más seco y el estilo de vino mediterráneo resultante. Luego, en el pueblo bohemio de Samaipata, en el valle de Santa Cruz, los viajeros pueden encontrar 'el último lugar donde se pueden cultivar uvas antes de dirigirse al Amazonas'. Es simplemente impresionante, porque puedes estar recogiendo uvas, bebiendo vino en un viñedo, y luego, 20 minutos más tarde, estás en una selva tropical, en una cascada. No se puede hacer eso en un país vitivinícola en ningún otro lugar del mundo", apunta.

Viaje fallido

Según el reportaje, Chufly y El Camino Travel, operadora de los viajes Women Who Travel de Condé Nast Traveler, había organizado un exclusivo tour por Bolivia para 2020, que fue cancelado a causa de la pandemia.

Por ello, por ahora solo invita a sus lectores, principalmente estadounidenses, a degustar los "Tannats y Cabernet Francs de Aranjuez, la bodega que obtuvo esa primera medalla de oro; Moscatel de Alejandría y Sangiovese, de la bodega Magnus, propiedad de mujeres y administrada por mujeres, en Tarija; además, botellas de Syrah y Pedro Giménez de 1750, una bodega en la cuenca del Amazonas que produce menos de 2.000 cajas de vino al año", que llegan hasta su país.

Incentivo económico

Finalmente, para el entrevistado, "el creciente interés en el vino boliviano es cultural y económicamente significativo" y la comercialización de este producto "tiene el potencial de transformar las vidas de los bolivianos con los que trabajan, especialmente útil en un momento en que los dólares del turismo han desaparecido y las ventas de alcohol están aumentando en Estados Unidos".

"Si uno de cada cuatro estadounidenses adultos bebe una copa de vino boliviano al año, sacaríamos a 3000 personas de la pobreza en Bolivia. Si solo dos de cada 1000 botellas de vino que se importan en los Estados Unidos fueran de Bolivia, sacaría de la pobreza a 1000 personas", afirma el empresario, que dice sustentarse en estudios realizados por su equipo. 

"Esto no es caridad", agrega. "Estos son hermosos vinos elaborados por personas increíbles que están trabajando para llevar una tradición centenaria al siglo XXI", concluye.

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