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Armada con un micrófono y amparada en la tenue luz del escenario, Mónica Fernández saluda y arranca con su monólogo. Es el fin de tres semanas de trabajo. También supone el inicio de la prueba de fuego. En frente, un público expectante. Algunos conocidos, otros, no tanto. Eso sí, por ahora, se mantienen distantes, algo fríos, porque las normas de bioseguridad imponen esas reglas que frenan la conexión humana.

Con Mónica, arranca una noche más de stand up en el snack Tía Ñola. Los monólogos de comedia se han fortalecido como propuesta artística en Santa Cruz. Ariel Vargas, dueño y responsable artístico del local, recuerda que hace cinco años viajaba a La Paz para participar de cursos de formación. Desde hace dos años, el género está ganando su espacio en las tablas cruceñas con nombres que suenan como referencia: ‘Javicho’ Soria, Mau Mendoza o Pablo Osorio.

El stand up “es un tipo de comedia que se basa en la observación y la vivencia”, considera Vargas. A diferencia del humor tradicional del café concert, y que se sostiene en la recreación de perfiles burlescos caracterizados y disfrazados que protagonizan los chistes; los monólogos de los comediantes apelan a un humor más vivencial y reflexivo que nace de situaciones propias de la realidad compartida entre actor y espectador. De ahí nace un vínculo que permite reírse de uno mismo.

Un espacio para crear

Como a todos, la pandemia ha obligado a Tía Ñola a desempolvar el baúl de las ideas para mantener su vigencia. De esta forma, nace el Laboratorio de la Comedia, un espacio donde, como auténticos alquimistas del humor, entremezclan sus argumentos para alcanzar la rutina que presentarán en el escenario…tres semanas después.

El objetivo pretende que los participantes, por ahora unos 15, se muestren delante del micrófono, tampoco es imprescindible.

Vargas revela que han pasado por el laboratorio personas que buscan fortalecer su capacidad de expresión, otros que quieren dar forma a su humor explosivo y aquellos que buscan herramientas para romper la timidez. Es un grupo diverso con un objetivo común: divertirse.

Las tardes de laboratorio contienen una cura “desestresante” confiesan en Tía Ñola. Lejos de las típicas dinámicas de los talleres, en el laboratorio se busca una interacción fluida mientras se comparten las apreciaciones de manera abierta. “No hay profesores”, explica Ariel, “pero todos enseñan y todos aprenden a la vez”.

Para Vargas, todo parte de saber “disfrutar el lado irrisorio de la cotidianidad”. Lo primero, ahonda, “es querer hacer reír”. A partir de ahí, con técnicas, ejercicios y las sugerencias de todo el equipo, se arma una rutina. El siguiente paso, que no el último, requiere del micrófono para conquistar los aplausos del público.

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