Opinión

cara a cara

10 de noviembre de 2019, 3:00 AM
10 de noviembre de 2019, 3:00 AM

Extraviado en su propio laberinto de imposturas y embustes, el Gobierno de Evo Morales es incapaz de interpretar y reconocer la realidad inequívoca que vive dramáticamente Bolivia, en la mira internacional como pocas veces antes lo había estado por el curso hasta ahora impredecible de los acontecimientos. Con el rostro desencajado y sombrío, Morales compareció ayer junto a su ‘vice’ para llamar al diálogo a la oposición y, al mismo tiempo, convocar a sus huestes para resistir el ‘golpe’ y defender el ‘proceso de cambio’. 

Anuncio forzado y contradictorio el suyo porque no le da certidumbre ni le devuelve la paz arrebatada a los bolivianos. Poco antes, se había consolidado el amotinamiento de las fuerzas policiales que lo dejaron sin su escudo protector. Poco después, las FFAA hicieron saber escuetamente que no se enfrentarían al pueblo y abogaron por no llegar a “momentos irreversibles”. 

Tras las tensiones y angustias vividas, vana fue la espera por un mensaje diferente, por una actitud despojada de soberbia, por un rasgo de buena fe del conductor de la nave del Estado que navega precariamente sobre aguas turbulentas.

Y mientras se esperan los resultados de la auditoría que realiza la poco fiable OEA a las elecciones del 20 de octubre, aparentemente viciadas de nulidad, se mantienen imperturbables en sus cargos del TSE los responsables de uno de los más cuestionados procesos electorales realizados en Bolivia. 

Si les quedara un gramo de dignidad y decencia, tendrían que renunciar a sus funciones. El descrédito de ese proceso es imputable a la deplorable falta de idoneidad y transparencia de sus administradores.



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