Opinión

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Cara a Cara

8 de julio de 2022, 4:00 AM
8 de julio de 2022, 4:00 AM

De padres ingleses, Boris Johnson nació en Nueva York. Fue alcalde de Londres ocho años. En su juventud fue periodista y se dice que Margaret Thatcher le tenía simpatía por cómo escribía sus artículos. Entonces dejó el periodismo y se dedicó a la política. En 2019 fue elegido primer ministro del Reino Unido con una abrumadora mayoría, solo comparable con las que alcanzaba la propia Dama de Hierro 30 años antes.

 Ayer renunció por unas cuantas razones; la principal: un parlamentario de su partido, de nombre Chris Pincher, intentó tocar el trasero a dos hombres en el Club Carlton de Londres en estado de ebriedad. Pincher, hombre de confianza de Johnson, ni siquiera llegó a meter mano a los hombres que le gustaban, pero el intento le costó el puesto a su jefe. 

Johnson, que también tuvo sus debilidades con el whisky porque amaba hacer fiestas durante el confinamiento de la pandemia, tuvo ayer que renunciar a su cargo de primer ministro y a la jefatura del Partido Conservador por la lascivia no consumada de Pincher.

Aquí, en nuestro vecindario, hay un caudillo que tiene relaciones con menores de edad, ‘ñustitas’ (doncella virgen, en quechua), como él las llama cuando las pide o cuando se las ofrecen. Por muchísimo menos, Johnson perdió el poder en una potencia mundial como el Reino Unido. Son las ventajas bolivianas de ser la Suiza de Sudamérica, con una Policía mejor que el FBI, y una justicia mejor que la de La Haya, que cuando escucha la palabra ‘pedofilia’ silba y mira el cielo.

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