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Cuando el mundo dio la bienvenida a la nueva década en medio de la alegría y los fuegos artificiales el pasado 1 de enero, nadie se podía imaginar lo que nos iba a deparar el 2020.

En los últimos 12 meses, el nuevo coronavirus ha paralizado las economías, devastado comunidades y confinado a cerca de 4.000 millones de personas en sus casas. Ha sido un año que cambió el mundo. Más de 1,7 millones de personas han muerto. Al menos 76 millones han contraído oficialmente el virus, aunque el número real es sin duda muy superior.

Pero el Covid-19 no es la pandemia más letal de la historia. La peste negra se llevó por delante en el siglo XIV a un cuarto de la población mundial, al menos 50 millones de personas murieron por la mal llamada gripe española en 1918-19 y 33 millones de personas han fallecido debido al sida.

Nadie podía imaginar la magnitud del desastre mundial cuando el 31 de diciembre China avisó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 27 casos de “una neumonía viral de origen desconocido” que desconcertó a los médicos en la ciudad de Wuhan.

Primer caso en Wuhan

El día siguiente, las autoridades cerraron el mercado de animales de Wuhan inicialmente relacionado con el brote. El 11 de enero, China anunció la primera muerte en Wuhan. Igual sucedió con el crucero “Diamond Princess”, atracado frente a las costas de Japón, en el que más de 700 personas se infectaron con el virus y 13 murieron.

Primero Italia, después se confinaron España, Francia y Reino Unido. La OMS declaró al Covid-19 pandemia. Las fronteras estadounidenses, cerradas para China, también se cerraron para la mayoría de países de Europa. Por primera vez en tiempos de paz, los Juegos Olímpicos de verano se pospusieron.

Confinamiento

A mediados de abril, 3.900 millones de personas -la mitad de la población mundial- debían respetar algún tipo de confinamiento. De París a Nueva York, de Londres a Buenos Aires, las calles se llenaron de un silencio roto a menudo por el sonido de las sirenas de las ambulancias, que recordaba que la muerte estaba al acecho.

Los científicos habían advertido durante décadas del riesgo de una pandemia mundial, pero casi nadie escuchó y ahora, todos, incluso los países más ricos, luchaban contra un enemigo invisible.

En una economía globalizada, las cadenas de suministro pararon. Los consumidores, en pánico, vaciaban los supermercados.

En Nueva York, la ciudad con más multimillonarios del mundo, los médicos tenían que llevar bolsas de basura para protegerse. En Central Park se levantó un hospital de campaña y hubo fosas comunes en la isla de Hart, al este del Bronx.

“Parecía que vivíamos una película de terror”, decía Virgilio Neto, alcalde de la ciudad brasileña de Manaos, en la Amazonia. “Hemos pasado de estado de emergencia al desastre total”, decía, mientras los cuerpos se apilaban en camiones frigoríficos a la espera de que las máquinas terminaran de excavar las fosas comunes.

Los negocios cerraban sus puertas. Las escuelas y universidades también. Las competiciones deportivas se anularon. Los vuelos se suspendieron y el sector vive la peor crisis de su historia. Tiendas, bares, restaurantes y hoteles también se vieron obligados a colgar el cartel de “cerrado”.

Violencia y recesión

Las desigualdades, que han crecido. Hemos dejado de dar besos, abrazos y apretones de manos. Los contactos humanos se realizan ahora detrás de pantallas transparentes y mascarillas. La pandemia redujo las emisiones contaminantes en todo el planeta, pero no evitó nuevos registros alarmantes de deforestación de las selvas de América Latina ni dio tregua a los defensores del medioambiente, que continuaron siendo asesinados. 

La violencia doméstica se disparó, al igual que los problemas de salud mental. Los gobiernos mostraron a menudo su impotencia ante esta crisis tan inesperada como gigantesca.

Estados Unidos, que carece de sistema universal de salud, rápidamente se convirtió en el país más golpeado por la pandemia. Más de 300.000 personas han muerto hasta ahora, pero el presidente Donald Trump minimizó a menudo la amenaza y defendió tratamientos cuestionables como la hidroxicloroquina e incluso llegó a sugerir las bondades de inyectarse desinfectante. 

Pero los ricos no pueden comprar su inmunidad y en octubre, Trump contrajo el Covid-19, igual que el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, en julio. Al otro lado del mar, el primer ministro británico, Boris Johnson, pasó tres días en cuidados intensivos en abril.

A la lista de personajes conocidos que contrajeron el virus se suman Tom Hanks y su esposa, el futbolista Cristiano Ronaldo, el número uno del tenis mundial, Novak Djokovic, Madonna, el príncipe Carlos o el príncipe Alberto de Mónaco, entre otros.

La vacuna para 2021

Las primeras vacunas han llegado. Demasiado tarde, sin embargo, para salvar a Trump de su derrota frente a Joe Biden en noviembre.

El gigante estadounidense Pzifer, asociado a BioNTech, anunció que había logrado una vacuna “eficaz en un 90%”. El mercado se agita y los gobiernos se precipitan para garantizar varios millones de dosis para sus ciudadanos. Una semana más tarde, el laboratorio estadounidense Moderna anuncia que su vacuna es eficaz en “un 95%”.

En diciembre, Reino Unido se convirtió en el primer país occidental que autorizó la vacuna desarrollada por BioNTech y Pfizer. Rusia y China ya habían iniciado campañas de vacunación con sus propias vacunas. Estados Unidos y Europa comenzarán sus vacunaciones en los días venideros.

Los países ricos se han asegurado millones de dosis y en 2021 se vivirá una carrera mundial por las vacunas, en la que China y Rusia intentarán ganar mercado e influencia con las suyas, más baratas, especialmente en América Latina y África.

Es difícil aún calcular las consecuencias de esta pandemia. Estiman que llevará tiempo la recuperación de esta catástrofe mundial, pero las esperanzas permanecen abiertas.

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