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Lava Jato (lavadero de autos) empezó en 2014 con una requisa por blanqueo de dinero en una estación de servicio de Brasilia.

Tirando los hilos, y recurriendo a métodos como la delación premiada, los investigadores descubrieron una tentacular red de sobornos pagados por grandes constructoras como Odebrecht a políticos de casi todos los partidos, para obtener contratos en la estatal Petrobras.

Pero en los últimos tiempos, Lava Jato perdió lustre y la Fiscalía General anunció el pasado miércoles, sin provocar mayores reacciones, la disolución de su núcleo original.

Éxito a medias

Bolsonaro se vanaglorió incluso en octubre de haber dado la última palada. “Acabé con Lava Jato, porque no hay más corrupción en el gobierno”, explicó.

La afirmación fue rápidamente cuestionada: una semana después, la policía encontró cerca $uss 5.500 dólaresen los calzoncillos del vicelíder de la bancada oficialista en el Senado, durante una redada por supuestos desvíos de recursos para combatir la pandemia de Covid-19

Pero Lava Jato murió también por mérito propio. La operación se vio a la defensiva cuando en 2019 el portal The Intercept Brasil divulgó conversaciones entre el juez Sergio Moro y los fiscales, que arrojaban dudas sobre la imparcialidad de las investigaciones que llevaron a Lula a la cárcel y le impidieron presentarse en las elecciones de 2018.

Apenas elegido en esos comicios, Bolsonaro nombró a Moro ministro de Justicia. Pero el idilio duró poco y Moro renunció en abril de 2020, denunciando tentativas de Bolsonaro de interferir en investigaciones de la Policía Federal.

Lava Jato “flexibilizó las reglas de un sistema judicial cuestionado por no condenar a los poderosos”, pero “la experiencia demostró que, en la práctica, esas flexibilizaciones pusieron en jaque toda la estructura del sistema judicial (…) y a la propia democracia constitucional”, dijo a la AFP Daniel Vargas, profesor de derecho en la Fundación Getúlio Vargas.

Así y todo, la operación logró lo que durante mucho tiempo pareció lograr lo imposible en Brasil y en muchos países de la región: sentar en el banquillo a poderosos acusados de corrupción. “Durante siete años, Brasil no fue Brasil”, escribió el respetado periodista JR Guzzo en una columna de Gazeta do Povo, un semanario de Curitiba. En el Brasil de Lava Jato, los poderosos corruptos “podían realmente ir a la cárcel”, agregó.

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