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El País - [email protected]

La muerte de pacientes asfixiados en hospitales de Amazonia por falta de oxígeno y la lentitud con la que avanza la vacunación en Brasil han dado nuevo impulso político a los que quieren ver lejos del poder al presidente Jair Bolsonaro.

Su popularidad se erosiona. El pasado fin de semana hubo caravanas de protesta convocadas por movimientos de izquierdas y de derechas. Y las peticiones de impeachment se multiplican, tiene 61 solicitudes. La presión aumenta, pero ahora mismo las probabilidades de que alguna sea incluso debatida por el Congreso son escasas.

Los más fervientes detractores del presidente brasileño sueñan con que la pandemia propicie su caída, como le ocurrió al también populista y coronaescéptico Donald Trump. 

Las cifras oficiales indican que uno de cada 1.000 brasileños ha muerto de Covid-19 (222.666 fallecidos entre los 210 millones de habitantes) y 9.118.513 se han contagiado. Es el segundo país en muertes y el tercero en casos. 

Con cada Estado decidiendo cómo combatir la pandemia en su territorio ante la ausencia de dirección del Gobierno federal, Brasil vive una segunda ola, con los casos aumentando en más de la mitad del territorio

La sombra del ‘impeachment’

La historia demuestra que en Brasil algunos impeachment tienen éxito. Dos de los cinco presidentes elegidos en las urnas desde la restauración de la democracia, en 1985, fueron destituidos en un juicio político. Si el ultraderechista siguiera sus pasos, su actual vicepresidente, el general Hamilton Mourão, ostentaría el cargo hasta las presidenciales de 2022.

Incluso para una ciudadanía acostumbrada a los excesos de Bolsonaro, Manaos es un punto y aparte. La noticia de que el Gobierno fue avisado con días de antelación de que escaseaba el oxígeno en Manaos y no hizo nada ha sido una conmoción, no solo para quienes desde los primeros contagios critican que priorizara la economía y saboteara las cuarentenas. La crisis del oxígeno en la capital amazónica, con al menos 50 muertes sospechosas, ha coincidido con el arranque de la vacunación, lastrado por la falta de dosis y los fiascos de la diplomacia para conseguirlas a tiempo.

Ese cóctel se ha traducido en una nueva ola de peticiones de impeachment que el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, ha advertido de que no pretende tramitar y no se vislumbran un clamor popular ni el apoyo parlamentario suficiente para someter el asunto.

El rechazo a la gestión de Bolsonaro ha aumentado en el último mes, coincidiendo con el agravamiento de la epidemia y con el fin de las ayudas directas a un tercio de la ciudadanía que devolverá a millones a la pobreza. El incremento del descontento es de ocho puntos hasta el 40% o el 60%.

El Partido de los Trabajadores de Lula da Silva y el PSOL sacaron a los suyos a la calle contra Bolsonaro el sábado pasado. Pero la novedad es que el domingo varios de los movimientos más activos en la destitución en 2016 de Dilma Rousseff circularon contra Bolsonaro, al que respaldaban.

La gestión de la pandemia por parte del Gobierno ha sido negligente cuando menos, como muestran la actitud del mandatario y de su ministro de Salud.

Uno de los motivos por los que se cree que el clan Bolsonaro eligió a un militar como número dos de la candidatura del patriarca fue enfriar los ánimos de quienes quisieran activar los mecanismos constitucionales para destituirlo.

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