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Joe Biden llegó a la Casa Blanca con la esperanza de evitar enredarse en el conflicto entre Israel y los palestinos.

Pero, como ocurrió con sus antecesores en la presidencia de Estados Unidos, una crisis lo está arrastrando antes de lo que hubiera querido.

El estallido de violencia israelo-palestina coloca a Biden en una posición incómoda, tanto diplomáticamente como dentro de Estados Unidos, donde el ala izquierda de su Partido Demócrata critica cada vez más a un Israel que contó con el entusiasta apoyo del expresidente Donald Trump.

"Se puede apreciar que la administración Biden ve esto como una empresa de bajo valor y poco retorno, plagada de riesgos políticos", dijo Aaron David Miller, un negociador estadounidense de larga data para Medio Oriente.

"No hay perspectiva de éxito en este tema. No hay líderes en ninguna de las dos partes que estén dispuestos a tomar decisiones", agregó Miller, ahora en Carnegie Endowment for International Peace.

- Apenas apaciguar la violencia -
"Lo único que podría lograr la administración Biden en este conflicto sería apaciguar la violencia", agregó.

El secretario de Estado, Antony Blinken, y el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, buscan desde la semana pasada restablecer la calma a medida que aumenta la tensión por el potencial desalojo de palestinos de Jerusalén Este, sector de la ciudad santa que Israel anexó en 1967 como parte de su capital eterna, pero que Naciones Unidas considera territorio ocupado.

Ambos llamaron a una "desescalada" y Sullivan habló este martes con el gobierno egipcio sobre la situación en busca de establecer pasos "para restaurar la calma en los próximos días", según un comunicado.

Pero la escalada militar entre Israel y Hamás, que dejaba al menos 30 palestinos y tres israelíes muertos, se intensificó el martes con una lluvia de cohetes lanzados por el grupo islamista contra Tel Aviv e intensos bombardeos del ejército israelí en la Franja de Gaza.

Los sucesivos presidentes estadounidenses han intentado en sus primeros meses manejarse con cuidado en relación al conflicto israelo-palestino, y el gobierno de Biden había dejado claro que no tenía prisa por establecer la paz, especialmente ante las dudas sobre el futuro político del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del presidente palestino, Mahmud Abas.

En su audiencia de confirmación ante el Senado en enero, Blinken respaldó los esfuerzos para crear un estado palestino independiente, pero dijo que "siendo realista, es difícil ver perspectivas a corto plazo para avanzar en eso".

- Apoyo de Trump -
Trump abandonó toda pretensión de neutralidad al otorgar a Netanyahu una lista de deseos que incluyó el reconocimiento por parte de Estados Unidos de Jerusalén como la capital de Israel, incluso trasladando allí su embajada.

Al inicio de su último año en el cargo, Trump presentó un plan de paz ideado por su yerno Jared Kushner, muy sesgado en favor de Israel.

Según el plan, Israel podía anexionar gran parte de Cisjordania y a cambio los palestinos recibirían dinero de los estados del Golfo ricos en petróleo para un estado limitado con una capital en las afueras de Jerusalén. Los palestinos rechazaron de plano la propuesta.

El portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, dijo el lunes: "Creo que podemos decir sin equivocarnos que hay elementos en ese llamado plan de paz que no son un punto de partida constructivo".

Trump priorizó después obtener que países árabes reconocieran a Israel, en lo que tuvo éxito, con el objetivo de marginar la cuestión palestina.

Si bien apoya ese reconocimiento, el gobierno de Biden volvió a una diplomacia más tradicional, manteniendo a los árabes del Golfo a una distancia cuidadosa y trabajando en estrecha colaboración con Jordania, cuyo ministro de Relaciones Exteriores voló a Washington y llamó a mantener el status quo en Jerusalén.


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