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Nacidas de madre negra y padre blanco en el Congo belga, fueron consideradas como "niñas del pecado, separadas de su familia, encerradas en un convento y abandonadas. Ahora reclaman justicia al estado belga.

Léa, Monique, Noelle, Simone y Marie-José ya tienen todas más de 70 años y son abuelas, pero nunca han olvidado los días de infancia.

Estas mujeres presentaron una demanda por "crímenes contra la humanidad", una frase que arroja una cruda luz sobre el destino de los niños mestizos en el periodo colonial.

Las cinco mujeres están entre los últimos testigos vivos de uno de los más oscuros capítulos de la historia colonial en África.

En 2019, el estado belga presentó sus excusas a los mestizos, pero para estas mujeres eso no es suficiente.

La primera audiencia está prevista para este jueves en Bruselas.

"Mi padre era portugués. Un día partió de vacaciones a su país. El viaje entonces era largo. Cuando retornó, ya no me encontró porque el estado belga me había secuestrado. Tenía dos años", dice a AFP Léa Tavares Mujinga, de 74 años.

La niña fue internada "en el convento de Katende (en la provincia de Kasai) al igual que a otros muchos niños como yo. Mi madre era congoleña, pero le quitaron a los dos niños", rememora. 

En una sobria casa en la periferia de Bruselas, donde vive su hija, esta mujer recuerda cómo las monjas le quitaron la ropa que llevaba para ponerle "una pequeña bata".

En las mañanas no había ni leche ni pan, sino arroz con aceite de palma, que "no lograba comer". Para dormir tampoco había un colchón sino una manta en el piso.

Los niños no sufrían abusos de parte de las religiosas e incluso iban a la escuela.

Pero "en retrospectiva, habiéndonos convertido en madres y abuelas, nos decimos a nosotras mismas que eso no era normal. ¿Cómo nos las arreglamos para afrontarlo?"

La desnutrición la dejó con secuelas que aún padece.

- "Todavía me amamantaba mi madre" -

La madre de Simone Ngalula se vio obligada a llevar a sus hijos al convento tras la muerte de su marido.

"Le dijeron: 'tu esposo está muerto. No sabrás cómo criar a los hijos de un hombre blanco. Nosotros nos vamos a encargar'", relata Simone, según la historia reconstruida con su madre, con quien se reunió varios años más tarde.

"A mi todavía me amamantaban cuando llegué" al convento, dijo. Tenía entonces poco más de dos años.

"Vivíamos en grupo. Sufrimos juntas, cantábamos juntas", recuerda Simone, una mujer cálida a quien Léa considera su hermana.

Estas niñas mestizas dicen que se sintieron discriminadas desde muy temprano.

"En la escuela, nos llamaban 'café con leche'. No nos aceptaron", recuerda Simone.

"Nos decían que éramos 'niños del pecado'. Un hombre blanco no podía casarse con una mujer negra. El niño nacido de esta unión era un niño de la prostitución", cuenta Léa.

Su madre la visitó en el convento cuando Léa tenía entre 6 y 7 años, pero no hubo un reencuentro hasta la adolescencia.

- Abandono real -

"Ahora quiero saber por qué me arrebataron a mi familia. Quedamos al cuidado del estado belga. ¿Cómo puede uno recuperarse por una vida rota, perdida?", se pregunta.

"Espero una reparación. He vivido toda mi vida con este trauma. Ni siquiera he podido hablar de esto con mi esposo o mis hijos", añade.

Con la independencia del Congo, en 1960, los niños y niñas que aún estaban en conventos deberían haber sido repatriados, junto con las religiosas, a Bélgica.

Pero esa evacuación nunca ocurrió. Las niñas fueron abandonadas, hasta la llegada de una milicia armada. Las niñas mayores huyeron pero las más pequeñas no tuvieron esa oportunidad.

"Nos obligaron a sentarnos en el piso y abrir las piernas", recuerda Simone.

A la muerte de su marido, un ciudadano belga, Lea se instaló en Bélgica con sus hijos en 1988. En esos años, le escribió una carta a la reina consorte Fabiola, quien le respondió sugiriéndole que pidiera ayuda al servicio social.

"Fue el abandono" lo que la impulsó a actuar.

"Cuando encontré a mis hermanas nuevamente, sentí la misma ansiedad en sus ojos. Entonces les dije: 'el único psicólogo para esto es la justicia'", recuerda con la voz embargada.