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Hace cuatro años, el cineasta afgano Salim Shaheen captaba los focos del festival de Cannes. Ahora pasa sus días confinado en su casa de Kabul, asustado por el nuevo régimen talibán y la represión que sufren las artes y la música.

Prolífico y exuberante, Shaheen a menudo habla de si en tercera persona o como alguno de los personajes concebidos en sus 125 películas de bajo presupuesto.

Una mención a su gran momento en Cannes despierta en él un arrebato de entusiasmo. 

"¡Fue el momento más bonito de mi vida!", exclama desde su casa en Kabul. "Todos los franceses me conocían. Me gritaban: ¡Shaheen! ¡Shaheen!", continúa.

La película presentada en Cannes fue un documental llamado "El Príncipe de Nothingwood", producido por la periodista Sonia Kronlund, que siguió a Shaheen durante el rodaje de su 111ª película.

El realizador de 56 años todavía se recrea en el recuerdo de la larga ovación recibida tras el pase del documental en Cannes.

Pero aquello parece muy lejano actualmente y, aunque no ha recibido ninguna amenaza directa de los talibanes, actualmente vive con temor a los islamistas radicales que recuperaron el poder a mitad de agosto tras dos décadas de insurgencia.

"Tengo miedo", admite, aparcando durante un momento su personalidad teatral. "No soy un tipo cualquiera saliendo a la calle. Soy Salim Saheen", afirma.

El director huyó a Pakistán durante el primer régimen talibán (1996-2001), cuando el cine y la televisión fueron prohibidos y las artes severamente censuradas.

El nuevo gobierno prometió una actitud más flexible en esta ocasión. La televisión sigue estando permitida pero con fuerte censura en los contenidos, y los pocos cines del país están mayoritariamente cerrados por la crisis económica.

Las restricciones al baile, la reproducción de música y el canto varían entre las distintas provincias.

"El cine ha muerto" 

Cuando los talibanes entraron en Kabul el 15 de agosto, Shaheen quemó decenas de carteles de sus películas, guardando solo dos de ellos en una habitación medio desnuda.

Trató de dejar el país ese mes y asegura que estaba en una lista de personas aceptadas por Francia.

"Se suponía que tenía que marchar el día de la explosión en el aeropuerto", dice Shaheen en referencia al ataque suicida del 26 de agosto reivindicado por el grupo Estado Islámico que mató a más de cien personas.

Estaba en un vehículo en el aeropuerto cuando se produjo la explosión. "Recibimos un mensaje diciéndonos que abandonáramos la zona", recuerda.

Desde entonces vive enclaustrado en casa, junto a doce familiares que también tenían que ser evacuados.

"Todos los actores y actrices de mis películas están actualmente en Francia (...) Quiero ir a algún sitio donde pueda volver a mi arte y mi cine", dice.

Sus producciones abordan cuestiones sociales como la violencia contra las mujeres, el crimen o las drogas, temáticas que no son del gusto talibán.

Inspirándose en Bollywood, coquetea con todo tipo de géneros -drama, comedia, acción, policíaco...- e integra en sus tramas música y danza. 

Su estilo extravagante no siempre es apreciado por los afganos más educados, pero es muy popular entre las clases bajas. En Kabul, muchos no pueden evitar sonreír si se pronuncia su nombre.

El ministerio talibán de la Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio ha dejado claro que las películas contrarias a la cultura islámica y afgana no están permitidas.

A mediados de noviembre emitió una directiva religiosa que instaba a las cadenas televisivas afganas a dejar de emitir telenovelas donde aparecieran mujeres.

Un portavoz del ministerio dijo a AFP que no conocía a Shaheen ni su trabajo.

El cineasta acaba de terminar la edición de sus últimos tres proyectos, aunque no sabe si algún día llegarán al público.

"El cine ha muerto en Afganistán y Salim Shaheen ha muerto con él", lamenta, volviendo a la tercera persona.

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