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Ante las advertencias de incertidumbre, malestar y caos, ante los intentos de deslegitimar la elección presidencial en Estados Unidos, en caso de que el resultado no sea el deseado, conviene mirar hacia lo ocurrido doce años atrás.

Era la noche del 4 de noviembre de 2008 y el republicano John McCain claramente había perdido las elecciones ante el demócrata Barack Obama. El senador estaba decepcionado, pero esa decepción no le impidió pronunciar el que quizás fue el mejor discurso de su vida política. Lo convirtió en un estadista y un gran estadounidense, a quien solo un personaje sin decoro como Donald Trump cree que puede vilipendiar.

McCain solo hizo lo que debía y debe hacerse: admitió su derrota y felicitó a Obama por su victoria; mostró su respeto y prometió hacer todo lo que estuviera en su poder para apoyarlo (lo que a menudo no fue el caso luego).

Por encima de todo, McCain les pidió a sus partidarios, obviamente reacios, hacer lo mismo y ver a Obama como su presidente. Estados Unidos y su democracia eran sagrados para el ex prisionero de guerra. Y esta incluye la alternancia pacíficoa en el poder así como la voluntad de comprometerse con un oponente político que no es un "enemigo".

McCain era un patriota. Hoy muchos dicen ser patriotas. Pero su "patriotismo" es uno de odio y acoso. Una perversión.