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Uno es sordo y mudo, el otro está paralizado, pero juntos, Ahmed y Badr han formado un dúo bien equipado para superar sus discapacidades respectivas en Siria, país devastado por la guerra.

En un callejón de Damasco, Ahmad empuja a Badr, en silla de ruedas, durante un paseo que los dos hombres suelen hacer casi todos los días. Ambos afirman que no pueden vivir el uno sin el otro. "Mis oídos son los suyos y sus piernas las mías", explica a la AFP Badr, de 28 años.

En 2012, la médula espinal de Badr al Hajjami fue alcanzada por una metralla, paralizando su pierna y dejándolo en silla de ruedas. Cinco años más tarde, su encuentro con Ahmad Moussa lo sacó de su soledad. Este nuevo compañero, de 24 años, había perdido su audición y su habla cuando solo tenía dos años. Ahora los dos amigos son inseparables.

Badr se convirtió en el interlocutor preferido de Ahmad después de aprender el lenguaje de señas durante tres años. Le traduce las conversaciones, en un café o en un taxi, y le informa de los últimos acontecimientos que tienen lugar a su alrededor.

Los dos jóvenes son conocidos y apreciados por los habitantes y comerciantes del viejo Damasco. "Pasamos la mayor parte del tiempo juntos, comiendo y jugando", afirma Badr sonriente.

Los dos compañeros forman parte de los 3,7 millones de personas con discapacidad en Siria, lo que representa 27% de la población siria. El número de discapacitados aumentó considerablemente desde el inicio del conflicto en 2011, que se cobró más de 380.000 vidas.  

Según la ONU, 62% de las personas con discapacidad están desempleadas.

- Cada discapacidad es un mundo diferente -

En el barrio de Baramkeh, Ahmad ayuda a Badr a subir a un taxi que los lleva a su sesión de baloncesto semanal. En el interior del estadio, le sostiene una silla de ruedas deportiva mientras se instala. 

Los dos hombres se pasan el balón dando la vuelta al campo. Cerca del canasto, Badr lanza el balón varias veces antes de que pase a través de la red.  "Las personas sordas viven en un mundo aislado. Lo mismo ocurre con las personas con discapacidad visual y las personas en silla de ruedas", afirma Ahmad, que habla en lenguaje de señas, traducido por Badr.

"Cada discapacidad es un mundo diferente, nunca se fusionan", añade, afirmando que necesita a una persona para ayudarlo. "Cuando hacemos equipo, la situación mejora", continúa.

Badr y Ahmad reciben apoyo de un programa de las Naciones Unidas para la inclusión de las personas con discapacidad. Además de un subsidio financiero temporal, se les ofreció formación profesional y cámaras fotográficas para que pudieran trabajar como fotógrafos independientes.

Para Badr, se trata de un apoyo valioso teniendo en cuenta las condiciones de vida actuales en Siria, donde más de la mitad de la población vive por debajo del umbral de la pobreza extrema.

"La guerra aumentó las dificultades de las personas discapacitadas", que no son una prioridad para el Estado o la sociedad, lamenta.

En su teléfono móvil, muestra una foto en blanco y negro de otro dúo de discapacitados de hace un siglo, según él. El hombre más pequeño de la foto, presentado bajo el nombre de Samir, estaba paralizado de las piernas, mientras que el otro, Mohamad, era ciego, afirma Badr. "Ahmed y yo encarnamos otra forma de integración y complementariedad", concluye.