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Alexander Lukashenko gobierna Bielorrusia con puño de hierro desde hace 26 años, pero la omnipotencia de este hombre implacable y caprichoso parece haber quedado fragilizada tras su cuestionada victoria en la presidencial del domingo, seguida de una noche de manifestaciones y represión.

A los 65 años, Lukashenko obtuvo un sexto mandato con 80% de los votos, según cifras oficiales, en un país que tiene un Parlamento sin oposición. 

La reelección no fue aceptada por muchos bielorrusos que salieron a las calles a protestar y denunciar fraude. Al menos 3.000 fueron detenidos y decenas resultaron heridos en incidentes con la policía.

En el pasado, Lukashenko ha sido acusado de haber ordenado matar o encarcelar a muchos detractores. No hace tanto, de cara a estas elecciones, dos rivales declarados fueron encarcelados y un tercero optó por exiliarse.

Pero desde la primavera algo ha cambiado en este país de 9,5 millones de habitantes: el presidente parece inspirar menos terror.

En las redes sociales y en mítines de cientos o incluso miles de personas, muchos se burlan de él, lo apodan "cucaracha bigotuda" por su bigote o "Sacha 3%", diminutivo de su nombre asociado con la supuesta popularidad de la que goza según sus detractores. 

Lukashenko está visiblemente molesto y este lunes trató a los manifestantes de "ovejas teledirigidas" por potencias extranjeras.

En un discurso antes de la votación, arremetió contra quienes lo critican, a los que considera niños desagradecidos. "¡Yo los he alimentado a todos con mi seno!", proclamó, presentándose como el padre de la nación.

Durante mucho tiempo recibió el apodo de Batka ("padre" en bielorruso) y gozó de popularidad, sobre todo en las zonas rurales y entre las generaciones nostálgicas de la Unión Soviética.

Inspiración soviética 

En los años 1980 dirigió granjas colectivas y fue elegido presidente en 1994, después de la independencia, con un mensaje populista y anticorrupción.

Rechazó el giro capitalista, prefiriendo un sistema político y económico dominado por el Estado en el que mantuvo la simbología soviética. La oposición sufre acoso, la libertad de expresión está bajo vigilancia y la agencia de seguridad del Estado se llama KGB, un acrónimo que da escalofríos en muchos países. 

Hoy en día Lukashenko sigue reivindicando este sistema y asegura que sin él el país se haría "pedazos".

Pero en los últimos meses, hartos de la situación económica y de las acusaciones de corrupción, cientos de miles de bielorrusos se han movilizado para apoyar a opositores, a pesar de las olas de detenciones.

Lukashenko también se enfrenta a tensiones sin precedentes con Rusia, hasta el punto de acusar a Moscú de injerencia electoral y de haber enviado mercenarios armados para ayudar a la oposición a fomentar "una masacre".

Lukashenko tiene tres hijos y cultiva una imagen de machista. Curiosamente en las urnas le plantó cara un trío inesperado de mujeres, liderado por la candidata Svetlana Tijanóvskaya.

Menos miedo 

Ella reemplazó a su marido, un videobloguero encarcelado en mayo, cuando ganaba popularidad. Se asoció con Maria Kolesnikova, la exdirectora de campaña de otro oponente detenido, y Veronika Tsepkalo, la esposa de un detractor del régimen ahora exiliado.

En julio reunieron a muchedumbres en Minsk y en provincias y este lunes Tijanóvskaya rechazó los resultados oficiales e instó al presidente a ceder el poder.

La Premio Nobel de Literatura bielorrusa Svetlana Alexievich estima que Lukashenko se equivocó creyendo que podía seguir "infundiendo miedo" en la sociedad.

"Una nueva generación se ha convertido en adulta y los mayores se han despertado. No es el mismo pueblo que hace 26 años", afirmó en una entrevista reciente con la radio estadounidense RFE/RL.

El presidente bielorruso, al que le gusta posar en el campo, con uniforme militar o en una pista de hockey, denigró a su rival diciendo que es "poca cosa" o llamándola "pobre chica". 

Lukashenko es intransigente. En 2010 hizo dispersar sin contemplaciones unas protestas.

También resistió a años de sanciones europeas, que finalmente consiguió levantar haciendo maniobras gracias a su posición entre la UE y Rusia. 

Pero este año sus relaciones con el presidente ruso Vladimir Putin se deterioraron considerablemente y Europa no acudió en su ayuda.

Su reputación también se vio afectada por las declaraciones que niegan la gravedad de la epidemia del nuevo coronavirus, a la que calificó de "psicosis". 

Frente al virus recomienda trabajo agrícola, sauna y un poco de vodka. En julio presumió de haber contraído la enfermedad y de haberse curado.