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Acostumbrados a que la historia de América Latina esté repleta de nombres de caudillos, fechas de batallas o imágenes de revueltas populares, cuesta procesar que las páginas dedicadas a este 2020 tendrán como protagonista a un personaje microscópico, que hace un año apenas era conocido. El coronavirus está dejando una cicatriz profunda en todo el mundo y en este continente amenaza con provocar también una fuerte y prolongada sacudida política.

Pocos Gobiernos se salvarán del rechazo popular derivado de su gestión ante una pandemia que ha obligado al confinamiento, el reforzamiento de los controles policiales, la paralización de amplios sectores económicos y el abrupto recorte de los presupuestos estatales. Como en todo duelo, el pesar derivado de estas limitaciones ha provocado una inicial ola de negación que, en gran parte de las naciones, ya se ha ido convirtiendo en un torrente de ira social.

Con ese panorama, 2021 se avizora como un año convulso políticamente y de marcado cambio de poderes. La carga pesada del decrecimiento del Producto Interno Bruto, la pérdida masiva de empleos y el desplome del turismo -vital para muchos países latinoamericanos- le pasarán factura tanto a los ejecutivos que tomaron desacertadas decisión frente a la enfermedad, como aquellos que bregaron con mejor tino y precaución en su batalla contra el COVID-19.

El péndulo político que ha sido impulsado tantas veces por la ideología y las pasiones partidistas, esta vez se moverá a partir de una fuerza diferente: el malestar y el dolor que está dejando el virus. Por primera vez en mucho tiempo, el dilema no parece estar entre administraciones de izquierda o derecha, sino que estará signado por las posturas ante la distribución de una vacuna, los fondos de rescate para el sector privado, la potenciación del trabajo a distancia o la postura de un candidato ante el uso de las mascarillas, entre otras nuevas prioridades sociales.

El varapalo será duro, durísimo, pero quizás ayude a salir del atolladero a América Latina y fuerce una época alejada de los lances sectarios y de la agotadora batalla entre facciones. No hay que olvidar que la lucha contra enfermedades como la fiebre amarilla, el cólera y la viruela obligaron a redefinir la manera en que funcionaban las ciudades y forzaron a sus habitantes a mejores tratamientos de aguas residuales y los procesos de recolección de la basura.

Las pandemias no solo dejan muertes masivas, sino también potencian descubrimientos científicos, revalorizan el papel de la investigación en cualquier sociedad, espolean el emprendimiento y provocan en los individuos un proceso de revisión de sus prioridades, retos y sueños. No hay nada que dé más ganas de vivir que haber estado cerca de la muerte y eso ha sido, en menor o mayor grado, lo que hemos sentido todos en este año que está a punto de terminar.

¿Puede estimular el coronavirus un saneamiento de la política por estos lares? ¿Los años veinte -que comenzaron tan difíciles- enderezarán el rumbo para convertirse en una era de crecimiento y desarrollo en la región? ¿Haber perdido tanto y a tantos nos proveerá de mayor madurez para actuar cívicamente?

Hasta el enemigo más diminuto puede forzar los más grandes comienzos.

(ju)

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