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Cuando el productor de soja Rodrigo Pozzobon arranca su pick-up para adentrarse en su vasta hacienda amazónica, en el corazón del pujante y a veces polémico agronegocio brasileño, afirma: "Necesito unas vacaciones para ir a Europa a pasear, cuando pase la pandemia".

La frase de este ingeniero agrónomo del norte del estado de Mato Grosso, en el límite entre la planicie central de Brasil (el Cerrado) y la Amazonia, resume la buena salud del agro brasileño, responsable de más de un quinto del PIB de la principal economía latinoamericana. 

Es una solidez estimulada por la avidez de China por granos para alimentar pollos y cerdos en medio de la crisis del coronavirus, por la guerra comercial entre China y Estados Unidos, y por la depreciación este año de un 25% del real brasileño frente al dólar.

Según datos oficiales, las ventas al exterior de soya, el principal producto de exportación de Brasil, crecieron un 36,3% en volumen y 33,3% en valor entre enero y julio respecto al mismo periodo de 2019. Fueron casi 70 millones de toneladas exportadas, por 23.800 millones de dólares.

Una dinámica que según analistas puede hacer caer el stock de soya del mayor productor mundial de la oleaginosa a sus mínimos históricos, pese a la cosecha récord de este año.

Una larga carretera de tierra rojiza llega a "Jaçaná", la hacienda de 2.350 hectáreas de Pozzobon en Vera, un municipio de la 'grande' Sorriso, considerada como capital del agro de Brasil: 1,5 millones de hectáreas cultivables, equivalentes a la mitad del territorio de Bélgica.

Los campos de soya y maíz, en su gran mayoría transgénicos, con el enorme silo al fondo, están secos. La cosecha tuvo lugar hace algunas semanas y ya fue vendida a las grandes comercializadoras instaladas en la zona como Cargill, Dreyfus, Bunge o Cofco, que la despacharon sobre todo a China, compradora del 72,6% de la producción brasileña en los primeros siete meses del año.

La buena salud del campo contrasta con la del resto de la economía. Para 2020, el Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea) prevé una contracción histórica del PIB de 6%, aunque con un crecimiento de 2% de la agricultura.

 "Impunidad" 

El agronegocio brasileño, que entre enero y julio vio crecer las exportaciones de carne bovina y de cerdo un 32,3% y un 51,7% respectivamente, avanza en un clima de sospechas por la deforestación, que sigue en los niveles altísimos de 2019.

Basta una vista aérea sobre Sorriso, Vera o Sinop, otro de los grandes municipios productores de Mato Grosso, para constatar el retroceso de la selva nativa.

La Amazonia estaba relativamente protegida de la expansión de la soja gracias a una moratoria negociada en 2006 entre ONG, empresas y autoridades.

Pero las tensiones se acrecentaron desde la llegada al poder en 2019 del presidente Jair Bolsonaro, partidario de la apertura de la selva a actividades mineras y agropecuarias.

"Hay una sensación de impunidad en el campo, que hace que muchos hacendados avancen sobre la selva y ese puede que esté siendo el caso de las áreas que en breve serán convertidas en soya", dice a la AFP Cristiane Mazzetti, de la campaña Amazonas de Greenpeace Brasil.

"Hemos pecado" 

Pozzobon, cuya familia de raíces italianas es parte de la migración de productores del sur a partir de los años 70, opina que se puede aumentar la producción sin devastar la selva, convirtiendo por ejemplo en tierras de cultivo las millones de hectáreas ya deforestadas que se usan para pastoreo.

Y recuerda que desde hace unos años, los hacendados deberían dejar el 80% de sus haciendas como reserva y destinar solo el 20% a la explotación.

"En el pasado hemos pecado porque deforestamos, algunas propiedades deforestaron más de lo que estaba autorizado. Eso fue corregido y estuvimos obligados a hacer compensaciones ambientales", afirma.

La destrucción de la selva está en el origen de las 'queimadas' que proliferan en la región amazónica durante la temporada seca, iniciada en julio. En las afueras de Sinop, la AFP avistó fuegos en varios campos de rastrojo de maíz, que llegaron a penetrar en la reserva forestal, hasta extinguirse de manera natural. 

Pese a que están prohibidas por ley desde julio, las quemadas en la Amazonía son en su mayoría provocadas por ganaderos para acabar con el pasto, y por los invasores de tierras para despejar las zonas deforestadas.