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Los depósitos estaban llenos, las cajas de caracoles listas para volar hacia la Unión Europea, pero la epidemia de coronavirus detuvo todo, amenazando con quebrar una actividad económica que estaba en plena expansión en Ucrania, uno de los países más pobres de Europa.

En medio de los paisajes bucólicos de Voinivka (región de Poltava, centro), a 500 kilómetros al este de Kiev, la empresa donde trabaja Yulia Koretska fue una de las pioneras de la helicicultura (crianza de caracoles comestibles) en Ucrania.

Ahora, su negocio está fragilizado por el cierre de las fronteras, que golpeó de frente a la industria alimentaria mundial y condujo a la anulación de pedidos.

Un golpe duro para la joven, que se había lanzado la aventura en 2015, en los locales de una antigua finca lechera, con 500 kg de caracoles importados de la vecina Polonia.

"En la época, nadie tenía algo así", recuerda mientras esparce un alimento en las cajas de madera en que se mueven los gasterópodos, en medio de la verde campiña.

No faltaron al comienzo los errores por falta de experiencia. Los vecinos, que se preguntaban si los moluscos podían ser verdaderamente comestibles y la apodaban "Mamá caracoles", la alertaban a veces en la mañana para decirle que los moluscos se habían escapado.

Pero menos de cinco años después del inicio, 50 toneladas fueron producidas por la granja de Koretska el año pasado y la experiencia trajo seguidores.

Ahora Ucrania tiene 400 granjas productoras de caracoles, en su mayoría pequeñas, según la Asociación nacional de helicicultores. 

Su producción está casi totalmente destinada a la exportación hacia la Unión Europea, especialmente España e Italia. En 2020, entre 500 y 1.000 toneladas debían ser producidas, frente a entre 200 y 300 el año pasado.

¿Las razones de tal éxito? Según Yulia Nastasivna, directora de granja Ravlykova Khata (centroeste), los gasterópodos ucranianos son muy solicitados por su calidad y el precio interesante, alrededor de 10% menos que el de sus rivales polacos.

Ucrania exporta también caracoles salvajes, pero "tienen sabor a tierra, mientras los de la granja son más deliciosos", agrega Nastasivna, quien se preparaba este año a entrar al mercado francés y negociaba con compradores italianos antes de  la epidemia.

Frigoríficos repletos 

Copropietario de la granja de Yulia Koretska, Sergui Danileiko esperaba iniciar este año exportaciones a China, pero la crisis provocada por la pandemia de coronavirus cambió los planes.

"Todas las negociaciones están paradas. Con países de la UE, es igual", se lamenta el empresario de 43 años que ya no puede visitar su depósito español por el cierre de fronteras. 

"El año pasado, todo andaba bien. Este año es lo contrario", agrega.

Con el confinamiento, los restaurantes europeos cerraron, anulando sus pedidos ante los helicicultores, cuyos cargamentos listos para enviar quedaron bloqueados. "El coronavirus ya me hizo perder 55.000 euros", lamenta Danileiko.

Él y sus colegas esperan ahora el otoño con ansiedad, por temor de una segunda oleada y un nuevo confinamiento.

"El coronavirus y las fronteras cerradas son ahora el problema", dice Nastasivna, que tuvo que anular varias misiones comerciales en la UE y dice temer que, sin una rápida recuperación de la actividad, "todas las granjas quebrarán".

"Habrá que comercializar en Ucrania todo lo que tenemos en los frigoríficos repletos", añade. Una misión difícil, pues a los ucranianos les gusta mucho el "salo" (tocino de puerco), y el caracol les parece muy exótico.

Danileiko apuesta por atraer nuevos clientes fabricando productos semiterminados como hojaldres, patés o inclusive hamburguesas de caracol.