Exasperados por la guerra y la escasez, numerosos habitantes de Trípoli se muestran reacios a respetar las medidas de confinamiento en vigor desde el viernes, tras registrarse 49 casos de contaminación y una muerte por el Covid-19.

19 de abril de 2020, 8:57 AM
19 de abril de 2020, 8:57 AM

Ignorando las medidas ordenadas por las autoridades de Trípoli para frenar la propagación del nuevo coronavirus, Hasan ha ido con su coche a rellenar sus bidones de agua, mientras a lo lejos se oyen los disparos de artillería, que recuerdan la guerra civil, la otra amenaza que pende sobre la población.

El Gobierno de Unidad Nacional (GNA), reconocido por la ONU, anunció durante esta semana un toque de queda de diez días de duración en las regiones que están bajo su control en el oeste de Libia. 

La población sólo puede salir a pie de sus casas desde las 07:00 y hasta el mediodía sobre todo para hacer sus compras. 

"No me queda otra opción. Con mi dolor de espalda, no puedo transportar todo esto a pie", señala Hasan, mientras introduce sus bidones en el maletero. El hombre, en la cincuentena, explica que su casa se encuentra a unos 500 metros de la mezquita del vecindario, que cuenta con un pozo de agua. 

El suministro de agua de Trípoli, que proviene de las napas acuíferas del desierto, en el sur, ha sido cortado por un grupo armado de esa zona, controlada por el mariscal Jalifa Haftar, el hombre fuerte del este de Libia que desde hace un año lleva a cabo una ofensiva mortífera para apoderarse de la capital.

Exasperados por la guerra y la escasez, numerosos habitantes de Trípoli se muestran reacios a respetar las medidas de confinamiento en vigor desde el viernes, tras registrarse 49 casos de contaminación y una muerte por covid-19.

Sin los embotellamientos habituales en las calles de la capital, algunos automóviles aún circulan, sobre todo en los suburbios donde la presencia policial para hacer respetar el confinamiento es escasa, y a veces nula. 

"Casi no hay comercios cercanos. Sin un auto no podemos hacer las compras, sobre todo de las bombonas de gas, leche y agua (...) Solamente la panadería se encuentra a 500 metros" de distancia, explica Abdel Alim al Abded, quien también decidió sentarse al volante de su coche. 

Abed, su esposa y sus tres hijos viven en una granja de los suburbios del sureste de la ciudad. 

Con las ovejas y gallinas, "contamos con carne y huevos. En cuanto a las verduras, también disponemos de todo lo necesario en la granja, y lo compartimos con nuestros vecinos", se congratula.

Pero, muchos libios no tienen la misma suerte. Las medidas de confinamiento, con apenas unas pocas horas de permiso para salir a comprar, provoca filas de espera ante las tiendas, lo que favorece la propagación del coronavirus.

En Janzur, en los suburbios del este de la capital, más de un centenar de personas, incluidos niños, forman cola afuera de la única panadería del barrio.

El panadero, Jamal al Nafati, no logra hacer cumplir las medidas de distancia de seguridad, en tanto los clientes tampoco utilizan máscaras.

"Intentamos elaborar más pan. Pero a causa de los riesgos para la salud, cuatro empleados ya nos dejaron y sólo quedan tres personas para hacer todo el trabajo", se queja Nafati. 

"¡Es difícil!. Quisiera que la panadería pudiera permanecer más tiempo abierta, y así reducir las colas", añade.

A pesar de que la mayoría percibe el confinamiento como una limitación y un problema adicional en tiempos de guerra, para otros, más privilegiados, constituye una bendición, ya que han encontrado la oportunidad para airearse, lejos de los atascos y los molestos automovilistas.

Finalmente, Halluma ha podido calzarse sus zapatillas, "compradas hace años, pero hasta ahora nunca utilizadas".

Acompañada por un hijo, "para más seguridad", esta sesentona afirma que "aprovecha el confinamiento para caminar un poco. (...) Esto es algo raro para nosotros", agrega. Cuatro chicas, vestidas con chándales muy coloridos, han tenido la misma idea.

"Nunca salgo a pie, ni siquiera para comprar cualquier tontería en el almacén de la esquina", explica una de ellas.

"Con el toque de queda, estamos más seguras de que los automovilistas no nos acosarán. Tenemos que aprovecharlo", añade otra, aunque el toque de claxon de un conductor demuestra que no han desaparecido por completo.