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Manifestantes proChina ondean las banderas de China y de Hong Kong durante un mitin progubernamental en esa isla.
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Manifestantes pro-China ondean las banderas de China y de Hong Kong durante un mitin progubernamental en esa isla.

Durante casi 24 años, Hong Kong ha sido una especie de laboratorio político involuntario, el objeto de un experimento centrado en la división ideológica definitoria de nuestro tiempo.

¿Podrían mantenerse juntos en una ciudad dos conjuntos de valores completamente incompatibles, el autoritarismo y la democracia, si no en armonía, al menos en algún tipo de acomodo mutuo?

Esto era exactamente lo que tenía en mente el acuerdo sino-británico de 1984, que sentó las bases para la eventual devolución del territorio a China en 1997.

"Un país, dos sistemas", como se conoce esta fórmula, está destinado a permitir que Hong Kong continúe hasta al menos 2047 con su libertad de expresión, sus tribunales independientes y su democracia vibrante, aunque limitada, mientras el nuevo poder soberano mantiene su rígido gobierno, de partido único.

Para muchos observadores, el espectáculo de la Asamblea Nacional Popular de China -controlada por Pekín- imponiendo cambios radicales en el sistema político de Hong Kong, mediante un voto unánime, es el momento en que el experimento se esfuma.

De los 2.895 delegados de la Asamblea Nacional Popular de China todos votaron a favor de los cambios sobre Hong Kong. Ninguna votó en contra.
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De los 2.895 delegados de la Asamblea Nacional Popular de China, todos votaron a favor de los cambios sobre Hong Kong. Ninguno votó en contra.

Como China señala con frecuencia, los antiguos amos coloniales de Hong Kong tardaron en ofrecer a sus ciudadanos una voz democrática.

Es posible que haya habido buenas razones para arrastrar los pies, entre ellas las advertencias desde la década de 1950 de China de que cualquier intento de introducir el autogobierno conduciría a una invasión.

No obstante, el Hong Kong entregado a China, aunque democráticamente deficiente en términos de sufragio universal, tenía otras libertades profundamente arraigadas que eran parte integrante de su condición de economía capitalista libre y puerto de libre comercio.

"Aunque nunca hemos tenido democracia, la ironía es que el nivel de libertades, seguridad personal y estado de derecho que hemos disfrutado durante décadas es mucho más alto que el que han tenido en algunos lugares donde realizan elecciones periódicas", me dice la ex portavoz del Partido Demócrata Emily Lau.

Esas tradiciones están en marcado contraste con el sistema de gobierno practicado por sus jefes políticos en Pekín y esa tensión ha estado en el centro de la disputa sobre lo que significan desde entonces los "dos sistemas" acordados en la negociación.

El punto de inflexión

China argumenta que ha tratado de defender la Ley Básica, la mini-constitución que pretendía encarnar el espíritu de la Declaración Conjunta Sino-Británica.

Incluso dice que ha intentado de buena fe promulgar el Artículo 45 que exige la introducción del sufragio universal para la elección del líder de la ciudad, el jefe ejecutivo.

El plan fue frustrado por el "Movimiento de los Paraguas" de 2014, impulsado por la ira sobre el mecanismo para elegir a los candidatos en el que Pekín continuaría ejerciendo un veto.

Las protestas del "movimiento de los paraguas" sacudieron Hong Kong en 2014.
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Las protestas del "Movimiento de los Paraguas" sacudieron Hong Kong en 2014.

Los intentos de promulgar una Ley de Seguridad Nacional, nuevamente estipulada por la Ley Fundamental, también han dado lugar a protestas.

Al final, el punto de fricción ha sido menos una cuestión de tecnicismos de los cambios propuestos y más una cuestión de profunda desconfianza.

La mayoría de los países tienen legislación de seguridad nacional, todos los sistemas democráticos son imperfectos de alguna manera, pero pocos tienen estas instituciones supervisadas por una superpotencia autoritaria en ascenso.

Y la tragedia para el asediado movimiento prodemocracia de Hong Kong es que cada vez que ha tratado de hacer retroceder a Pekín, se ha encontrado en peor situación que antes.

El punto de inflexión llegó con las protestas masivas, a veces violentas, en 2019 por los planes para presentar un proyecto de ley de extradición, lo que podría permitir que los sospechosos de Hong Kong sean enviados a China continental para ser enjuiciados.

Los disturbios le dieron a Pekín el pretexto que necesitaba para finalmente impulsar la Ley de Seguridad Nacional, que tuvo un efecto paralizador de la noche a la mañana en la capacidad de protestar.

La ley establece delitos definidos vagamente y de gran alcance como "secesión", "subversión" y "colusión" con fuerzas extranjeras; y con la posibilidad de extradición como característica central.

Los casos graves pueden transferirse al continente para ser juzgados con mucha menos supervisión de la que hubiera recogido el proyecto de ley de extradición rechazado.

Protestsa en Hong Kong en 2019.
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En 2019, hubo fuertes protestas en contra de los intentos de enviar a personas de Hong Kong para ser enjuiciadas en China continental.

En una serie de redadas al amanecer en enero de 2019, 55 políticos y activistas fueron arrestados. Ahora hay 47 que enfrentan cargos.

El simple hecho de sostener pancartas de protesta o usar camisetas es potencialmente suficiente para detener a alguien.

El esfuerzo de los demócratas de Hong Kong antes de las elecciones del año pasado para celebrar primarias no oficiales, como una forma táctica de aumentar sus posibilidades de ganar una mayoría en el Consejo Legislativo (LegCo, por sus siglas en inglés), parece que casi podría haber tenido éxito.

Después de todo, habían arrasado en las elecciones locales de 2019, la única votación genuinamente democrática de la ciudad, un resultado que confirmó el profundo apoyo a su causa y que asustaría seriamente a Pekín.

Pero el plan de las primarias del Legislativo también fracasó: las elecciones se cancelaron, aparentemente por los controles de la pandemia, y Pekín introdujo las reformas ahora aprobadas por la Asamblea Nacional Popular, según las cuales las posibilidades de que los prodemócratas obtengan la mayoría se han perdido para siempre.

Emily Lau no tiene ninguna duda sobre lo significativo del nuevo requisito de que todos los candidatos sean examinados por un comité repleto de leales a Pekín, para asegurarse de que sean "patriotas".

"Si van a imponer un sistema en Hong Kong por el cual los votantes quedarían privados de sus derechos y por el cual mi partido u otras personas a favor de la democracia no serán libres de participar en las elecciones de manera independiente y libre, entonces 'un país, dos sistemas' se ha terminado", considera.

La democracia cede

Incluso los políticos pro-Pekín de Hong Kong parecen sugerir que algo fundamental ha cambiado.

Regina Ip es la fundadora del Partido del Pueblo Nuevo, tiene un escaño en LegCo y es miembro del Consejo Ejecutivo de gobierno.

Si bien insiste en que "un país, dos sistemas" no se ha terminado, parece menos segura de si ya tiene como objetivo adaptarse a la democracia.

"Creo que Pekín puede estar explorando un movimiento hacia sistemas alternativos, como lo que algunos pensadores occidentales defienden, la epistocracia, el gobierno de personas más informadas y con más conocimientos", me dice.

Le dije que ese sistema suena muy antidemocrático.

"Un sistema democrático no tiene valor intrínseco a menos que pueda producir buenos resultados", responde.

"Hemos tenido 23 años de experimentos con la democracia, los resultados están lejos de ser satisfactorios. Tenemos un desempeño inferior en muchos aspectos", agrega.

Banderas de Hong Kong y de China
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La antigua colonia británica fue devuelta a China en 1997.

Los medios estatales chinos también parecen estar cambiando las reglas del juego, argumentando que "un país, dos sistemas" siempre se ha referido a la necesidad de preservar dos sistemas económicos diferentes y no a las diferencias políticas.

Los signatarios británicos del acuerdo de traspaso pueden haber esperado alguna vez que la contradicción fundamental en el corazón del mismo se resolvería a medida que China se modernizara, promulgara sus propias reformas internas y se acercara políticamente a Hong Kong.

Si es así, ha demostrado ser una ilusión, con una China posiblemente más autoritaria de lo que era en el momento en que se firmó el tratado.

"Como parte inalienable de China, no podemos permitirnos ser quien socava la seguridad de China", dice Regina Ip. "Si no creen que el sistema actual es sostenible, la opción será reintegrar Hong Kong, incluso antes de 2047", considera.

Es Hong Kong el que está cambiando y en la larga lucha entre esos dos conjuntos de valores incompatibles, es la democracia la que finalmente está cediendo.

La ceremonia de traspaso de poder en 1997.
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La ceremonia de traspaso de poder en 1997.

Emily Lau, la ex presidenta del Partido Demócrata, me dice que sabe que se está arriesgando, incluso hablando con los medios extranjeros.

"Bueno, por supuesto que existe un riesgo, pero, a ver, francamente, no creo que haya violado la Ley de Seguridad Nacional", asegura.

"Pero soy yo quien lo dice... y si ellos dicen 'oh, sí, sí lo hiciste', bueno, ya está. Tal vez cuando termine esta entrevista, alguien llamará a mi puerta", concluye.


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