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Confrontada a un resurgimiento de nuevos casos de coronavirus en verano, especialmente en Cerdeña, Italia organizó de inmediato pruebas de diagnóstico rápidas para los turistas que regresaban de la isla en ferry al puerto de Civitavecchia, 70 km al norte de Roma. Pero el domingo los horarios cambian.

Este domingo al amanecer, se había formado una larga cola de autos y vehículos de dos ruedas frente a un gran estacionamiento ubicado a las afueras del puerto. Destacan dos enormes carpas por las que, se supone, los vehículos deben desfilar uno por uno. 

El único problema: las barreras están cerradas y no se ve un alma en el horizonte. No obstante, a las 06:30, centenares de pasajeros habían desembarcado de los primeros transbordadores que llegaron. 

Un pasajero impaciente llama al número de teléfono gratuito que figura a la entrada y escucha un contestador que le revela: "el drive-in está cerrado los domingos". La noticia se expande como la pólvora, causando sorpresa y consternación. 

Marco, un romano de 37 años que dirige un gimnasio, dice que está "indignado" ante esta "situación absurda".

"Estamos en Italia, el coronavirus descansa en domingo", bromea Francesco Nevolo, barbudo, de 41 años, con una sonrisa jovial apoyado en su scooter, mientras palmea nerviosamente su casco. "Es domingo y la gente vuelve de vacaciones, pero estamos en Italia...", soltó con tono más resignado.

Entretanto, la fila de coches continúa creciendo hasta bloquear la rotonda vecina. Se acerca un policía y dice: "El drive-in no abre los domingos, así que les ruego que circulen". 

Suspiros, maldiciones, brazos levantados simbolizando impotencia... Cada uno reacciona a su manera. Los más testarudos quieren esperar hasta las 09H00, horario de apertura habitual de los centros de salud locales, para tratar de obtener información. El resto se da por vencido y vuelve a la carretera.

- "Un verdadero idiota" -

Los que optaron por quedarse encienden sus móviles y entablan conversaciones con sus compañeros de desgracia, en tanto el propietario del café de la esquina se frota las manos. 

"Nos encontramos ante una situación de crisis, y tenemos una evidente falta de preparación", se lamenta Stanislau Binacchi, romano de 28 años, con bronceado impecable, vestido de manera casual. 

"Es una burla, no hacen nada para mejorar la situación", dice Jacopo, un joven alto de 24 años, de ojos claros. "En casa está mi abuela, que tiene 95 años, no puedo tomar riesgos", explica.

Emiliano Dandretta, de 26 años, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, apenas cubiertos por una melena rizada, no lo puede creer y confiesa "sentir cierta amargura".

Con los brazos colgando o con un cigarrillo en la mano, todos se entretienen como pueden esperando la hipotética apertura del drive-in. 

Francesco Mazza, productor de videos, de 43 años, que regresa de San Teodoro, intenta mantenerse 'zen', en tanto su mujer trata de calmar a sus dos hijas pequeñas tras un agotador viaje desde el puerto de Olbia.

De golpe, a las 08:30, todo cambia: llega una enfermera que provoca una salva de aplausos. "Sólo soy yo", reacciona con una sonrisa.

Rápidamente se unen a ella miembros de Protección Civil y de la Cruz Roja italiana, quienes reparten formularios a rellenar por los viajeros con distintos datos. Se abre el acceso al estacionamiento y los vehículos entran ordenadamente en una especie de serpenteo.

A las 09:00 en punto comienzan las pruebas. Los que tuvieron la paciencia de esperar recibirán sus resultados en un plazo máximo de 48 horas. 

Francesco, nuestro jovial amigo barbudo, no oculta su alegría: "¡Estoy contento! Lamentablemente, el policía echó a la mitad de los pasajeros por falta de información. ¡Un auténtico idiota!".