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Adam Bernstein/THE WASHINGTON POST

A las 2 de la madrugada del 7 de octubre de 1974, la Policía Nacional de Parques de Estados Unidos detuvo a un Lincoln Continental azul metalizado que venía zigzagueando a gran velocidad y con las luces apagadas cerca del Monumento a Thomas Jefferson, en Washington.

Del auto se bajó corriendo una mujer en vestido de fiesta, y en un acto que más tarde ella misma describiría como “un impulso frenético”, se trepó al borde de piedra de la Cuenca Tidal —el espejo de agua que rodea los monumentos de la Explanada Nacional—, se arrojó de cabeza a sus gélidas y oscuras aguas. Esa zambullida salpicaría a la capital de Estados Unidos con uno de los escándalos sexuales más bochornosos de su historia.

La mujer era Annabel Battistella, una desnudista de 38 años que usaba el nombre artístico de Fanne Foxe. La promocionaban como “el petardo de Argentina”, y en el circuito de variedades de Washington los empresarios estaban fascinados con el sofisticado vestuario que usaba en sus presentaciones —tocados y espaldares de vedette con largas plumas de faisán y colores tropicales—, así como por la sensualidad de sus contoneos.

Esa noche en particular, después de una fiesta con mucho alcohol en el club Silver Slipper, donde había actuado, se desató una fuerte discusión entre Foxe y su amante casado. Entre tanto alcohol y tanto insulto, el amigo que iba manejando olvidó encender las luces del auto, y así fue que captaron la atención de la policía.

Rápidamente llegaron los móviles de televisión, alertados por la radio de la policía.

Con su zambullida en la Cuenca Tidal, Battistella se aseguró un lugar de privilegio en los anales del escandalete político. Parado junto al Lincoln metalizado, borracho y sangrando, estaba su amante Wilbur Mills, de 65 años, presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, un hombre serio y muy respetado como un pilar de rectitud y decencia del “Cinturón Bíblico”, como se conoce a una extensa región de los Estados Unidos donde el cristianismo evangélico tiene un profundo arraigo social. 

Representante demócrata por el estado de Arkansas y un incansable trabajador ascético que logró la aprobación de importantes leyes, Mills era considerado como el hombre más importante del gobierno después del presidente. “Nunca voto en contra de Dios, la maternidad o Wilbur Mills”, dijo una vez uno de sus colegas demócratas.

Pero esa madrugada de octubre, Battistella tenía moretones en los ojos. Mills tenía los anteojos rotos, la nariz toda arañada y ensangrentada, y apestaba a alcohol. De pronto, sus 16 años de control sobre la billetera del Estado corrían peligro.

Contraste
Washington tiene un largo historial de escabrosos escándalos, pero el contraste entre la figura pública de Mill y las posteriores revelaciones sobre su vida privada —bebía sin control, deambulaba por bares de strippers y se le veía regularmente en compañía de una estrella del desnudismo— captaron una intensa atención mediática, justo cuando debía enfrentar una elección reñida por primera vez en más de tres décadas en el Congreso.

El incidente de Mills estalló a menos de dos meses de la renuncia del presidente Nixon por el escándalo de Watergate. “La prensa estaba ávida de que pasara algo así, porque querían otro Watergate”, dice Bill Thomas, autor de “Capital Confidential: One Hundred Years of Sex, Scandal, and Secrets in Washington, D.C.” (Capital Confidencial: Cien años de sexo, escándalos y secretos en Washington DC). “El clima había cambiado, la prensa había cambiado, y la temporada de caza se había extendido”.

Battitstella fue inmediatamente rebautizada como “la bomba de la Cuenca Tidal” y empezó a recibir un diluvio de ofertas de clubes de desnudistas, dispuestos a pagarle el quíntuple de los 400 dólares semanales que ganaba en el Silver Slipper. El congresista Mills le rogó que no volviera a desnudarse en público.

“El señor Mills me quería encerrada en casa… que estudiara y consiguiera un trabajo”, le dijo entonces a The Washington Post.

Mujer casada
Años más tarde, en 1980, Annabel Battistella se casó con el contratista y empresario Daniel Montgomery, con quien tuvo una hija, Melanie. Finalmente, terminó instalada en Florida.

Poco se sabe de su vida como Annabel Montgomery, aunque la Universidad de Tampa asegura que en 1995 obtuvo un título en comunicación, y la Universidad del Sur de la Florida confirmó que en 2001 recibió un título de oceanografía y en 2004 hizo un máster en administración de empresas.

Según el certificado de defunción extendido por el estado de Florida, la mujer murió en un hospital de la localidad de Clearwater, sin dar más detalles.

“Lo que pasó pasó, y lo que se rompió no puede repararse del todo”, dijo Battistella en aquella entrevista con el Post de 1981. “Pero a veces las cosas pueden repararse lo suficiente como para vivir bien y sin avergonzarse de uno mismo.”.


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