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El laboratorio del profesor Walter Velásquez comenzó a funcionar hace 10 años en un cuarto de adobe sin ventanas. Allá bien metido en el Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), en el cruce de las regiones Huancavelica, Ayacucho y Junín. Arriba de los 3.000 m.s.n.m. "Ese lugarcito tenía su aire acondicionado natural", contaría después divertido el joven maestro de primaria y secundaria con mención en Biología y Química.


Allí empezó a almacenar chatarra electrónica para sus clases: radios, televisores viejos, planchas, teclados, discos, memorias. Todo lo que fuera útil como insumo y rudimento para que los chicos aprendiesen sobre física, robótica. 

En la zona no existen librerías, menos tiendas de tecnología. Con el tiempo su proyecto se convirtió en el único centro de creatividad e innovación de esa parte de la selva, el mismo en el que se ha gestado el nacimiento de muchas tareas, planes e inventos. El último, quizá, el más entrañable de todos: una robot que, por la pandemia, acompaña a su creador en la búsqueda de sus alumnos, casa por casa, para dictarles la lección. Ella habla, lee y recita en quechua y en español. 

Juntos se pasean por el distrito de Colcabamba, en la provincia de Tayacaja, pero sobre todo por caseríos lejanos, aquellos en los que solo se puede llegar caminando, en burro o llama. Donde no hay señal de celular, Internet, radio ni incluso electricidad. 

El androide se llama Kipi, y es tan querida por las decenas de estudiantes de Velásquez, que ya ha sido inmortalizada en la más preciada manifestación artística que los niños pueden producir por genuina admiración y cariño: en retratos y dibujos de ella sobre las páginas de sus cuadernos de colegio.

“Qipi significa en quechua cargar (yo cambié la q por k). Le puse así porque lleva en su espalda un panel solar con el que captura energía para funcionar por horas. Los chicos la quieren mucho y ponen muchísima atención a las clases con ella”, narra quien en el 2012 se consagraría como el ganador del concurso nacional “El maestro que deja huella”, ello gracias a la creación de un software pedagógico que facilitaba el aprendizaje de los chicos. 

Hoy, a los 32 años, Walter tiene una maestría y un doctorado en Educación, y aunque le han ofrecido trabajo fuera de su comunidad, con remuneraciones más altas, él no tiene intenciones de dejar su puesto en la escuela pública Santiago Antúnez de Mayolo, de Colcabamba

No quiere dinero, ha dicho, sino cambio social. Que los muchachos y muchachas tengan la oportunidad de educarse para decidir lo que quieren ser. “Si ellos desean seguir una carrera está bien. Y si desean ser campesinos, también. Pero que tengan la chance de optar, no de resignarse”, narra Walter.

La concepción de Kipi se dio como consecuencia de la pandemia. Como a la tercera semana de la cuarentena se estableció que dictara clase a 60 alumnos del colegio. Treinta de ellos vivían en Colcabamba y sus padres contaban con un teléfono celular, entonces continuar con la educación virtual no fue un problema muy difícil de superar. 

Sin embargo quedaba la otra mitad. Los otros 30 vivían en lejanos caseríos. “Dada la coyuntura sentí la necesidad de preparar las clases mucho más atractivas y pensé en construir una robot con materiales que tenía en el laboratorio. Usé una galonera para su pecho, rueditas de carretilla para que se mueva y gire, una radio vieja, un par de foquitos para sus ojos. Conozco algo de software y programación e incorporé un sistema de bluetooth. Desarrollé, a la par, una aplicación para grabar mi voz y distorsionarla, así Kipi puede tener voz de patito, de chanchito y todo eso es muy atractivo para el niño. Todo lo controlo desde mi celular”, explica.

Todo el material usado en la robot es, pues, reciclado. “Es una niña andina ecológica”, remarca el maestro. Y agrega que optó que fuera mujer porque le parece importante difundir un mensaje de igualdad a sus alumnas, así como relacionarlas con la ciencia.

“Para la séptima semana de la cuarentena, Kipi ya estaba yendo a los caseríos en mi espalda, en llama o en burro, lo que fuera. En ella puedo reproducir algunos programas de ‘Aprendo en Casa’, audiolibros. Hasta hacemos ejercicios porque ella avanza y da vueltas. Los chicos se quedan encantados”, cuenta el profe Walter quien, junto a la robot, sostuvo recientemente una videollamada con el ministro de Educación Martín Benavides, la cual se emitió a nivel nacional por TVPerú.

Mientras la pandemia no dé tregua, el maestro Walter y Kipi continuarán en la ruta por sus chicos. Avanzarán por los caminos del Vraem enseñando las vocales, cómo se suma, qué tan grande es el Perú y cuán maravillosa en su gente. No hay excusa para faltar a clase. Ni el clima o la lejanía. Los dos todavía tienen mucha tarea por hacer. (El Comercio)