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El confinamiento de Italia durante la primera ola de la pandemia del nuevo coronavirus en marzo fue, como el de España, uno de los más estrictos del mundo. Hubo quien, encerrado en su casa sin saber hasta cuándo, se organizó una agenda hiperactiva de teletrabajo, deporte en casa, bricolaje y fiestas virtuales. Hubo quien se le vino el mundo encima y a duras penas conseguía sacar adelante las obligaciones cotidianas en esa situación claustrofóbica. En el caso de una pareja hispano-italiana decidieron inventar la mascarilla definitiva contra el virus.

"Queríamos aportar de alguna manera nuestro granito de arena a la situación", dice a DW desde Palermo, en la isla italiana de Sicilia, Álvaro González Romero-Domínguez. Junto con su socia y pareja, la también diseñadora Simona Lacagnina, han creado una mascarilla inteligente capaz de autodesinfectarse, medir la calidad del aire y alertar de focos cercanos de coronavirus.

La mascarilla inteligente, llamada Cliu, se basa en tres pilares: inclusividad, sostenibilidad y tecnología.

En primer lugar, quisieron desarrollar un producto inclusivo porque, recuerda González, "las personas con problemas auditivos están acostumbradas a leer los labios de los otros cuando hablan". Una pantalla transparente con sistema antivaho pretende acabar con esta barrera a la comunicación que, en realidad, se ha convertido en el día a día de gran parte de la población mundial. "Lo estamos viviendo en primera persona", explica González. "Una simple sonrisa queda escondida detrás de la mascarilla, no se transmite".

El elemento de la sostenibilidad viene dado por su carácter reutilizable, por un lado, y además utiliza filtros "antimicrobianos y bioactivos, es decir, que no son dañinos para el medio ambiente una vez que termine su ciclo de vida". La mascarilla es desmontable y cada uno de sus materiales es reciclable. "Al mismo tiempo", puntualiza el diseñador español, "los materiales son biomédicos, antialérgicos y certificados".

La preocupación por la avalancha de plásticos y otros materiales no biodegradables que se están vertiendo en la naturaleza ha crecido a medida que el tapabocas se ha ido incorporando a la nueva normalidad en cada vez más partes del planeta. En la mayor parte de España, por ejemplo, es obligatorio llevarla en la calle, pese al sofocante calor del verano e incluso al dar paseos por la playa.

"Leímos en un artículo que dentro de poco tiempo habría más mascarillas desechables en el mar que medusas", dice González. De esa preocupación nació el acuerdo con la organización SEADS para destinar parte de los beneficios de las 20.000 primeras mascarillas vendidas a la construcción de una barrera que obstruya el paso a los plásticos en el río Arno de la Toscana.

En tercer lugar, el elemento tecnológico consiste en la capacidad de la mascarilla de medir la calidad del aire, la contaminación y los focos de coronavirus activos a su alrededor, entre otras cosas. Pero la versión premium incluye unos micrófonos y una serie de algoritmos para medir la calidad de la respiración y la frecuencia cardíaca. "Esto ayudaría a la hora de prevenir enfermedades respiratorias y es especialmente bueno para personas con alergia, por ejemplo, o inmunodeficiencia", apunta González.

Una mascarilla que se desinfecta sola

¿Y cómo se mantiene la higiene de un aparato como este? La versión estándar puede desmontarse y, como soporta temperaturas de hasta 200 grados, meterse en el lavavajillas, la lavadora o incluso el microondas. En el caso de la mascarilla más cara, explica González, "tiene una base de carga con luz ultravioleta que hace que en cuestión de minutos se pueda desinfectar".

El proyecto se inició a través de un crowdfunding y serán estos mecenas iniciales los que reciban -probablemente en octubre- la primera tanda de 2.000 mascarillas. La versión premium tardará un mes más, calculan los diseñadores. "Se ha hecho tan viral esto que estamos casi sin dormir para que todo esté listo cuanto antes", dice González.

Según los creadores, el precio de la mascarilla inteligente estándar rondará los 90 euros, mientras que la joya de la corona subirá a los 250. La pregunta es cuántos entre los sectores más empobrecidos de la región latinoamericana podrán permitirse esta adquisición, o si los gobiernos podrían poner en marcha programas públicos para subvencionarla y proteger así a amplias capas de la población sin acceso por ejemplo al teletrabajo.

La primera oleada de mascarillas inteligentes llegará pues en poco más de dos meses a compradores de más de 65 países. Muchas de ellas aterrizarán en América Latina, que este mes de julio se ha convertido en el foco global de la pandemia. El español cuenta que han tenido numerosos mecenas de "prácticamente todos los países de Latinoamérica, sobre todo de México, Perú y Colombia".

¿Y cuándo llegará para al resto de interesados? Los siguientes en tener acceso a Cliu serán unas 20.000 personas que han reservado el producto desde la página web del proyecto. Más adelante, explica González, "tenemos previsto un e-commerce para que, una vez estemos más estructurados, podamos empezar a vender a nivel internacional".

González celebra que los creadores, científicos y emprendedores de todo el mundo, pero en especial de aquellos países más duramente golpeados por el COVID-19 -como lo fueron Italia y España en su momento y ahora muchos de los países de la región latinoamericana- estén aplicando la innovación para buenos fines. "Gracias a la tecnología podemos aportar un valor añadido que nos ayuda a ser más eficaces contra la pandemia", afirma González.

El diseñador es oriundo de Huesca, en el noreste de España y parte de Aragón, la región que concentra más casos en el rebrote que experimenta el país ibérico estos días. "No es fácil", cuenta desde Italia. No ha visto a su familia desde antes del confinamiento y tenía previsto un viaje este verano. "En estos momentos no sé si es viable ir, o quizás voy y me quedo bloqueado en España", dice preocupado González. "Hay un montón de preguntas en el aire". Quizás su granito de arena en la lucha contra la pandemia no llegue a tiempo para la segunda ola, pero son muchas las esperanzas puestas en el proyecto.