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Los iraníes acudirán a las urnas el viernes para elegir un nuevo presidente, en unas elecciones sin demasiado misterio en las que los conservadores se afianzarán en el poder y probablemente haya una altísima abstención.

Los ciudadanos votarán en un contexto económico y social de crisis, exacerbado por la pandemia de covid-19, que ha golpeado con fuerza a este país de 83 millones de habitantes, donde ya hubo más de 82.000 muertes y tres millones de contagios, según las últimas cifras oficiales, que incluso las autoridades admiten que están subestimadas.

En total siete candidatos habían recibido luz verde para presentarse a estas decimoterceras elecciones presidenciales desde la revolución de 1979: cinco ultraconservadores y dos reformistas. 

Pero el miércoles, tres de ellos decidieron retirarse. Primero fue Mohsen Mehralizadeh, uno de los dos aspirantes reformistas, después el diputado ultraconservador Aliréza Zakani y finalmente Said Jalili, también ultraconservador, ex secretario del Consejo Supremo de la Seguridad Nacional.

El presidente de la República islámica dispone de prerrogativas limitadas en Irán, donde la mayor parte del poder recae en manos del guía supremo, el ayatolá Alí Jamenei.

Tras dos mandatos consecutivos de cuatro años, el moderado Hasan Rohani no puede presentarse de nuevo. Su presidencia quedará marcada por el fracaso de su política de apertura, que encalló cuando Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, se retiró en 2018 del acuerdo internacional sobre el programa nuclear de Teherán, logrado tres años antes en Viena.

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