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Cuando el terremoto de 1970 destruyó su ciudad natal, Huaraz, y otras muchas localidades del departamento de Áncash, el 31 de mayo de 1970, Marcos Yauri tenía casi "40 años redondos”, cuenta hoy desde Lima, en entrevista con DW.

Yauri, tenía también una familia, tres hijos; varios poemarios, novelas y antologías de literatura oral andina publicadas. Había estudiado Educación y Letras, y había trabajado como periodista y docente. El terremoto fue, sin embargo, el punto de partida de su novelística, "como una destrucción que abre los ojos al mundo, para pensar un futuro mejor”, dice.

DW ¿Cómo recuerda ese día?

Marcos Yauri: La ciudad estaba recluida en sus domicilios. La gente estaba descansando, era domingo. Nosotros estábamos en un colegio particular, donde mis niños estaban estudiando el ciclo inicial. Asistíamos a una pequeña actividad, que se realizaba en homenaje a la directora, una religiosa, porque era su cumpleaños.

Cuando ya se había dado inicio a la ceremonia, sentimos el terremoto. La gente huyó del patio rumbo a la plaza, porque el edificio de la escuela estaba frente a la Plaza de Armas. Mi señora salió con un niño y yo corrí hacia el interior para salvar de alguna manera a mi otro niño, que estaba adentro. En ese instante, sentí que el suelo temblaba de manera horrorosa y sentí que se desplomaba todo el edificio. Los dos pisos se desplomaron sobre nosotros y yo quedé atrapado, con mi niño en brazos, en un rincón muy pequeño, sin poder liberarme.

Entretanto, el auxilio demoró porque la gente no podría auxiliar a tanta gente atrapada. En ese tiempo, se murió el niño en mis brazos. Yo estaba todavía vivo y ya no podía ni respirar. Había pedido auxilio cuantas veces pude, pero nadie me escuchó y, al final, ya me di por perdido.

Pero en un instante, de un tiempo incalculable, pude escuchar pasos por encima de los escombros que me tenían atrapado. Entonces grité. Y dio la casualidad, que la persona que caminaba era un conocido mío. Le di mi nombre y él me dijo: no puedo auxiliarte, porque yo también estoy buscando a mis hijos; pero voy a dar la voz a la gente que está en la plaza, para que te puedan ayudar.

Y, efectivamente, al poco tiempo, sentí que escarbaban el suelo y, después de un tiempo largo, pude ser salvado, más o menos a las tres de la madrugada. Imagínese, desde las tres de la tarde, hasta las tres de la madrugada estuve atrapado, ya con un deseo de morir, porque la agonía era horrorosa. De ese modo, me salvé de morir y ahora estoy vivo.

¿Qué sucedió con el resto de su familia?

Mi esposa se salvó junto con el niño, con el que había salido. Pero mi hijita, que estaba en el segundo piso, murió. En la escuela había unos 300 niños, de los cuales se salvaron muy pocos. Fueron enterrados todos, igual que todas las víctimas del terremoto, dada la premura del tiempo, en fosas comunes.

¿Cómo marcó el desastre su vida, la de la ciudad, la región y el país, a partir de este momento?

Cuando me salvaron, en la Plaza de Armas había una multitud de gente que había sobrevivido. Allí desembocaba todo el mundo, para poder instalarse, porque era un espacio libre. Yo había quedado un poco herido en la cabeza. Mi cabeza estaba hinchada, muy hinchada, y me llevaron al hospital. Luego, no sé más qué ocurrió. Hasta que vino mi familia, propietaria de un fundo en el campo, y nos fuimos al campo. Allí recibimos la visita de unos parientes de Lima y nos trasladaron a la capital.

Cuando regresé, después de un tiempo, vi que la ciudad estaba reducida a montañas de escombros. No se podía reconocer ningún sitio. Esa destrucción masiva se debió, sobre todo, a que las casas eran antiguas construcciones de adobe, de dos pisos o tres; la mayor parte, de uno.

Acudió mucha gente, en ese tiempo. En primer término, el Ejército llegó para vigilar el orden. Se instalaron campamentos en las partes libres, en las zonas aledañas a la ciudad, para que allí pudiera asilarse la gente que había sobrevivido. Viví en un campamento hasta el mes de septiembre, en que abandoné Huaraz, porque me trasladaron a la ciudad de Lima, de donde ya no pudimos volver, porque habíamos perdido absolutamente todo. Habíamos perdido dos niños. Mi casa, que quedó pulverizada. Quedamos solamente con la ropa, reducidos a la más enorme pobreza.

Empezaron a llegar auxilios. El primer avión que llegó fue un avión chileno, según nos dijeron. Después llegaron aviones cubanos y ya luego de todo el mundo. La Unión Soviética envió 50 aviones con alimentos, medicinas, ropas. Trajeron incluso un hospital de campaña con diversas especialidades y equipos de médicos. Fue el auxilio más efectivo que recibió Huaraz. También los cubanos edificaron un pequeño hospital, que hasta ahora existe. Y vinieron médicos de otros países, que se repartieron por todos los pueblos y ciudades destruidas de Áncash.

Yungay había sufrido total desaparición. Fue un alud, producido por el desprendimiento de un gigantesco bloque de la cumbre más alta del Perú, el Huascarán. Ese alud sepultó a Yungay. De manera que Yungay es una ciudad igual que Pompeya, sepultada con toda su gente, con todos sus edificios. Quedaron solamente algunas palmeras de la Plaza de Armas.

Las muertos, según cifras oficiales, fueron en total 70.000. Pero la historia memorial dice y seguirá diciendo que fueron 120 mil personas muertas.

¿Qué aprendió el Perú y qué no, tras semejante tragedia?

La destrucción de los pueblos y ciudades de Áncash coincidió con el Gobierno militar del general Velazco Alvarado, que impuso la reforma agraria y soñaba con la reforma urbana. De manera que el terremoto de Áncash le dio la oportunidad al Gobierno militar de ensayar la reforma urbana. Y expropió todos los terrenos de los propietarios de las antiguas casas de Huaraz.

Apoyados por ese Gobierno militar, que apoyaba a las masas populares y campesinas, a Huaraz empezaron a llegar migrantes de todo el Perú. Se hicieron pasar por damnificados o fueron así recomendados por el gobierno militar y llegaron a tener dos o tres lotes de terreno, donde construyeron sus casas. Mientras nosotros, los damnificados, si queríamos tener casa, tuvimos que comprar nuevamente los terrenos que nos habían expropiado.

La reconstrucción de las ciudades fue obra de técnicos extranjeros que no conocían absolutamente la cultura peruana, la tradición, la idiosincrasia, el pensamiento y la cosmovisión andina. De manera que hicieron una ciudad totalmente alejada del poblador ancashino, con avenidas sumamente amplias. Le quitaron el sello de la cultura mestiza, hispano-andina, que primó en Huaraz. Era una ciudad armoniosa, donde no había grandes abismos entre el campo y la ciudad. Y la reconstrucción desconoció todo eso.

Mucho del auxilio que enviaron los distintos países se quedó en Lima, en manos de gente corrupta. Para la mentalidad limeña, la provincia era el mundo de la barbarie, el mundo incivil. Y como tal nos trataron. A tal punto que decían: para qué enviarles crema de afeitar, si los pobladores de esas zonas no tienen barbas. Para qué mandarles esta ropa fina, si no saben usarla.

En el año 70 salió a la luz que los académicos peruanos, los gobernantes, los políticos, los limeños, no conocían el Perú, con todos sus habitantes, sus riquezas, sus recursos, ni tenían interés en conocerlo. La realidad, la cultura, las costumbres, las formas de vida, las ideas, el pensamiento del interior del país les eran totalmente lejanos y extraños.

El terremoto hizo saltar a la conciencia de nosotros los huaracinos, que el interior del país era, para el mundo limeño, para la política peruana, un mundo incivil, sin cultura; un mundo vacío, donde la cultura está por hacer.

Y, ahora, la crisis de la pandemia de coronavirus está produciendo igual fenómeno. Hay gente que muere en provincias, sin hospitales, médicos, medicinas, nada. O de hambre. Y en la misma Lima. En sus ideas anticuadas, terriblemente coloniales, que plantean la dicotomía entre civilización y barbarie, donde Lima es la civilización y la barbarie está en provincias, el Perú no ha cambiado en absoluto.

¿Nada, hasta hoy?

Ha transcurrido medio siglo y el Perú ha cambiado muy poco. Pese a la reforma agraria, al desborde popular, a la migración, a la modernidad, la mundialización, la globalización y demás fenómenos, el Perú, en su apreciación de su país, de su gente, de su cultura e identidad, al parecer ha aprendido muy poco o nada.

Los académicos -sociólogos, antropólogos- hacen estudios que circulan dentro de los medios académicos; que no llegan a los políticos para que puedan informarse y tomar decisiones. Pero, yo pienso que la historia debe estar al servicio de la vida. Y este 31 de mayo, que es el aniversario 50 de este acontecimiento catastrófico, no es un momento para cruzarse de brazos y llorar en el cementerio, sino para reflexionar y soñar con el futuro.

Entrevista: Rosa Munoz Lima (cp)