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La decisión histórica de Richard Nixon en la década de 1970 de normalizar las relaciones de Estados Unidos con la China comunista podría ser el germen de la crisis actual, la más grave hasta el momento entre Washington y Pekín.

Así lo sugiere el jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, quien tras acusar al gigante asiático de no haber cumplido sus promesas dio cuenta del fracaso de esta apertura durante un discurso dedicado al expresidente republicano que la puso en práctica.

Fue un análisis aplaudido por algunos analistas y criticado por otros, teniendo en cuenta las posteriores cuatro décadas de vaivenes. Pero todos reconocen que las dos superpotencias han entrado hoy en una era de feroz competencia estratégica por la supremacía mundial, como en una nueva Guerra Fría. 

Todo comenzó con un viaje secreto, el de Henry Kissinger en 1971 a Pekín, que allanó el camino para la llegada unos meses más tarde, a plena luz, del presidente Nixon, de quien era asesor. 

El "acercamiento" con la China de Mao estaba en marcha.

"Viejo paradigma" -

"Pero el diálogo no condujo al cambio que el presidente Nixon esperaba provocar en China", dijo Pompeo, que abogó por poner fin al "viejo paradigma de la relación ciega con China", sentenció. 

"Históricamente es un error decir que la política estadounidense de apertura hacia China se basó en la ingenua esperanza de que China se volvería liberal políticamente", dice Stapleton Roy, quien participó en las negociaciones de la década de 1970, antes de ser embajador de Estados Unidos en Pekín 20 años después. 

Según Roy, el dúo Nixon-Kissinger, "totalmente pragmático", quería fortalecer la posición estadounidense en la Guerra Fría contra la Unión Soviética abriendo una brecha entre los dos poderes comunistas, y "obtener ayuda de China para poner fin a la guerra de Vietnam". 

"El objetivo principal se cumplió de manera decisiva; el segundo, no", dice a la AFP.

Mira Rapp-Hooper, del grupo de expertos Consejo de Relaciones Exteriores, subraya que la distensión no fue fácil: el establecimiento de relaciones diplomáticas, "muy controvertidas", no tuvo lugar hasta 1979, bajo el liderazgo de Jimmy Carter y Deng Xiaoping. 

Hasta entonces, Washington reconoció a Taiwán, refugio de nacionalistas chinos, como República de China, y fue necesario superar la obstinada resistencia dentro del Congreso estadounidense para reconocer a Pekín relegando a Taiwán como aliado.

Pero "los diplomáticos nunca pensaron que China", que en ese momento no era una gran potencia, "se convertiría en una democracia liberal", asegura la investigadora.

Derechos humanos 

La sangrienta represión de los manifestantes prodemocráticos en la plaza Tiananmen en 1989, con varios cientos de muertes, abrió una primera fase de dificultades.

Estados Unidos impuso sanciones. Llegado a la Casa Blanca en 1993, Bill Clinton quiso condicionar la cláusula de "nación más favorecida" -otorgada a Pekín para desarrollar el comercio bilateral- en vistas de los derechos humanos. 

"Las relaciones eran extremadamente tensas", recuerda Roy. Pero el presidente demócrata finalmente "pudo superar estos obstáculos y mejorar la cooperación". 

"Los intereses económicos ganaron", dice Rapp-Hooper. "Hubo una sensación de un aumento inexorable en el poder de China que podría ser positivo para Estados Unidos" gracias a reformas, agrega, aludiendo a una cierta "ingenuidad".

Mientras tanto, el país más poblado del mundo comenzó a desarrollarse bajo el ímpetu de la apertura de Deng Xiaoping a la economía de mercado, con más de 1.000 millones de habitantes y una mano de obra barata que atrajo inversiones. 

La globalización estaba en proceso de florecimiento, y China encontró su lugar, consagrado por su entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001. Esto es lo que los funcionarios del gobierno de Trump denuncian hoy.

"Cambio estructural" 

Occidente "permitió el renacimiento de una economía china en crisis, solo para ver a China morder la mano internacional que la alimentó", lanzó Pompeo, en una acusación contra el Partido Comunista Chino, en el que encarna la rivalidad con el país. 

El punto de inflexión comenzó con la crisis financiera mundial de 2008. 

Para Rapp-Hooper, "los líderes chinos pensaron que el modelo democrático liberal estadounidense estaba empezando a tambalearse y que China tenía la oportunidad de afirmarse como una gran potencia". Eso, claro, "sin preocuparse por adaptar sus prácticas económicas o su régimen a las expectativas externas", dice la investigadora.

Es este "cambio estructural en la naturaleza del poder chino" lo que ha ayudado a llevar las relaciones "a su punto más bajo", indica. 

Aunque la crisis también se ve impulsada puntualmente por el activismo reciente del gobierno de Trump, ansioso por mostrar su fuerza a medida que se acercan las elecciones presidenciales del 3 de noviembre. 

El resultado es una "espiral negativa en casi todas las áreas", desde el futuro de Hong Kong hasta los derechos de los musulmanes uigures, además de las acusaciones de espionaje industrial a la gestión de la pandemia, las tensiones en el Mar de la China Meridional y la guerra comercial. 

Además, "China ha adoptado las características de otras potencias en ascenso, volviéndose más arrogante y defendiendo sus propios intereses", evalúa Roy, quien agrega, sin embargo, que se trata de "un problema que una buena diplomacia puede manejar sin amenazas ni bravuconadas".