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Por RFI

El país africano sigue sumido en un ola de violencia. Los saqueos y las estampidas han dejado 72 muertos, según las autoridades. La refinería South African Petroleum, que suministra más de un tercio del combustible del país, ha cerrado temporalmente su planta de Durban. Surge la preocupación por la posible escasez.

Se forman largas colas en las gasolineras y frente a los supermercados que no han sido saqueados. Especialmente en los alrededores de Johannesburgo y Durban. La mayor refinería del país también anunció el martes el cierre de su planta en Kwazulu-Natal por "fuerza mayor". La planta suministra aproximadamente un tercio del combustible del país. Parte de las carreteras están cerradas, lo que interrumpe las entregas en general.

Otro sector afectado: la sanidad. Un comunicado del Ministerio de Salud expresó su preocupación por el robo de existencias de medicamentos y el saqueo de farmacias. También advirtió de las consecuencias de la violencia en el acceso a la atención sanitaria y en el suministro de medicamentos para enfermedades crónicas como la tuberculosis, el VIH y la diabetes.

Por último, algunos mercados de productos frescos están en alerta máxima, mientras que las tiendas y almacenes de alimentos han sido saqueados, especialmente en Durban. También se han quemado supermercados. El grupo Massmart está especialmente afectado en Kwazulu-Natal. Algunas de sus tiendas han decidido cerrar temporalmente sus puertas.

Despliegue de soldados

Las autoridades aseguraron ayer que no había escasez de alimentos. El número de soldados desplegados en las zonas de riesgo se ha duplicado hasta alcanzar los 5.000 uniformados.

Este repentino ciclo de violencia comenzó el pasado viernes, al día siguiente de que Jacob Zuma fuera encarcelado por desacato al tribunal, al negarse el ex presidente a declarar en las investigaciones sobre la corrupción durante su presidencia. Pero también es la grave situación económica del país la que cristaliza estas tensiones.

La economía sudafricana se encuentra en un estado catastrófico, debilitada por varios años de muy bajo crecimiento, duramente golpeada por la pandemia, los sucesivos confinamientos y una virulenta tercera ola en este mismo momento.

El repentino parón de la economía mundial ha pasado factura a este país, el más industrializado del continente. Las principales consecuencias son un desempleo récord del 32,6%. Más pobreza y más desigualdad, deploró Cyril Ramaphosa, el presidente sudafricano, en su discurso a la nación el pasado febrero.

Y las perspectivas no son buenas, con un crecimiento estimado del 3% este año. Las Naciones Unidas estiman que el país tardará cinco años en volver a su nivel de actividad anterior a la crisis de 19 años.

Las fuentes de descontento son numerosas. Además de los escándalos de corrupción asociados a la lucha contra el covid-19, Sudáfrica ha fracasado en su estrategia de vacunación, al no recibir casi ningún lote del programa Covax. Sólo el 6,5% de la población ha recibido al menos una dosis de la vacuna.

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