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El bramido del viento se vuelve un mantra, la vibración despierta cada célula del cuerpo, la velocidad presiona el pecho y un fino equilibrio separa la gloria del pavimento. La mirada fija adelante, los pensamientos se diluyen y solo existe el instante presente: cada fracción de segundo, cada milímetro calculado. En un punto, la concentración se vuelve meditación profunda.

Mil kilómetros en cuatro días, incluyendo un tramo de 200 kilómetros de brecha de terreno pedregoso, arenales y esa tierra colorada que pinta todo color fuego. Ese fue el desafío del Motorrad Santa Cruz durante el feriado largo. Un llamado que aceptaron más de 60 motociclistas que se presentaron como hidalgos sobre sus corceles de acero: bestias de dos ruedas con la cilindrada de una vagoneta y la tecnología de un país que no cree en límites de velocidad.

“Vamos a ir en tres grupos, cada uno con un guía, detrás estarán los vehículos con la doctora y toda la producción y por último un carro de auxilio mecánico”, vocifera a un miembro de la organización, que a su vez agrupa a los presentes que se alistan y empiezan a salir entre aplausos y gritos de aliento.

Una vez en la calle, de inmediato todo pasa a segundo plano, el grupo se distancia y cada Quijote queda solo frente al camino y todos sus molinos. Con los movimientos de un boxeador que esquiva golpes, la culebra de motos serpentea entre camiones que se atraviesan y peatones que cruzan corriendo, como gallinas en tierra de coyotes.

En menos de tres horas -con paradas- las motos empiezan a llegar a Concepción (a 290 km al noreste de Santa Cruz). Los recibe la tamborita y un buffet que la organización ya tiene listo. “¿Qué se siente ser el último?”, bromea el doctor Raúl Hevia con los que van llegando. “El doc” es un fanático que en los últimos cinco años tuvo 19 motos y que ya viajó por más de media docena de países con algunas de ellas.

En la caravana hay dos perfiles bien definidos: Aquellos que rondan los 50 años y que ya tienen tantas historias como cicatrices sobre ruedas. Y el grupo de treinteañeros, a quienes la inexperiencia los hace en exceso atrevidos con la velocidad o, al contrario, demasiado cautos.

Terminado el almuerzo, empieza una misa en honor a la caravana, luego la bendición de motocicletas y la entrega de recuerdos y reconocimientos de BMW a los participantes. Fuera del programa oficial está la noche de karaoke a la que se unieron las parejas y acompañantes que siguieron la ruta en auto.

Los pilotos se permiten la licencia porque al día siguiente es el día de descanso: un gran churrasco a orillas de la represa de Concepción, con paseos en yate, música, hamacas y un sol radiante. Los empresarios se broncean mientras hablan de comprarse lotes en la zona.

Después de una temporada difícil en sus negocios, Gery, un empresario cochabambino que reside en Santa Cruz, contempla el agua y recuerda que por días como aquel es que se compró una moto.

El día termina con el ocaso sobre el agua, anécdotas y selfies.

A la mañana siguiente, el ambiente es otro. Desde las 6:00 los motores rugen y la adrenalina llena el ambiente. El primer destino es San Ignacio. El pavimento es bueno y las vacas, el lomerío y enormes piedras desordenadas, pintan el clásico paisaje chiquitano.

En San Ignacio apenas hay tiempo para un respiro, reagruparse y tomar coraje: Allí empieza el desvío por la brecha que conecta a San José de Chiquitos. El polvo rojo cubre todo el bosque alrededor del camino. Por partes es ripio, por otras, piedra suelta y uno que otro arenal. Empiezan los pinchazos de llantas y algunos guardabarros se desprenden.

Lo (casi) inevitable pasa y hay un incidente: Uno de los valientes no pudo dominar una contra curva y acaba en el suelo con la clavícula y el brazo rotos. La ambulancia lo lleva a Santa Cruz de inmediato. El resto sigue.

La polvareda no se asienta nunca y se vuelve una espesa neblina. Al mediodía el sol castiga y la travesía se vuelve una prueba de resistencia. El rebote machuca las vértebras, la vibración entumece las muñecas y el polvo se mete en el casco y se vuelve barro por el sudor en la cara.

Terminando la tarde, se llega a destino. El polvo se levanta de las chamarras con cada palmada y abrazo. El cansancio se cambia por euforia. Las historias se multiplican y se agrandan con cada repetición. Todo es risa, amistad y compartir.

La noche llega entre comilona y las voces se van callando para dar paso a los ronquidos. El domingo todos se levantan contentos, como quien cumplió la misión. Grupos pequeños empiezan el retorno: 300 kilómetros de buen asfalto y rectas, pan comido. “Un abrazo y hasta la próxima batalla", se despide un caballero, ansioso por el siguiente desafío. 

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