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Hoy, 18 de octubre, comienza a escribirse una de las jornadas más importantes en la historia de Bolivia. Los bolivianos acuden a las urnas para votar y elegir al próximo presidente de Bolivia. Es un día marcado por la ansiedad y la incertidumbre, que ha sido alimentada por candidatos, frentes políticos y líderes que no han dejado de sembrar odio y división entre los ciudadanos de este sufrido país.

Es una jornada histórica porque debería marcar el inicio de un nuevo ciclo para Bolivia. Todos acuden con la esperanza de que se termine una larga crisis política iniciada en el referéndum de octubre de 2016, cuando Bolivia dijo no a la tercera reelección presidencial y esa voz del pueblo fue desconocida por el poder de turno. Hará historia porque finalmente habrá votación después de tres postergaciones debido a la pandemia del coronavirus. También es un día histórico porque el padrón electoral tiene una mayoría menor de 40 años.

Los más jóvenes, los que siempre vivieron en democracia y no tienen en su registro el periodo de dictadura militar y de lucha por las libertades ofrendando la vida, son los que van a decidir el futuro de todo el país. Se llega a esta elección con las heridas aún abiertas por una grosera manipulación del voto de los bolivianos, hace apenas un año.

Por tanto, los ciudadanos reciben esta jornada con desconfianza y preparados para ser los guardianes de su voto; con organizaciones de la sociedad civil que marcan una ruta para cuidar las actas, fotografiarlas y asegurarse de que haya documentos que prueben cuál fue la voluntad de las mayorías. Este antecedente hace también que haya muchos observadores internacionales, debidamente acreditados. Este día también llega con la amenaza de actores políticos que advierten con no reconocer resultados que les sean adversos.

Y esto marca un rasgo fundamental del presente: la incertidumbre y el miedo de que vuelvan los enfrentamientos, la violencia y el luto para el país. Lamentablemente, estas elecciones están marcadas por el temor y por la bronca, que no son precisamente los mejores consejeros a la hora de tomar una decisión tan importante como la calidad de la democracia que se viene. Son 7,3 millones de bolivianos los que están habilitados para votar en esta jornada. Lo importante es que la decisión individual sea responsable, sea consecuente y sea coherente.

El momento de marcar la papeleta de sufragio no puede ser tomado a la ligera pues la suma de voluntades es la que escribe las páginas de la historia. Hay que saludar que varias agrupaciones de la sociedad civil están organizadas para coadyuvar en la protección de los resultados y también que el Tribunal Supremo Electoral ha trabajado para sanear el padrón y para garantizar resultados transparentes.

En esto, es vital el rol de los observadores que pertenecen a organizaciones reconocidas a escala internacional. A los ‘veedores’ interesados en que gane uno u otro actor hay que demandarles que respeten a Bolivia y la decisión de los bolivianos, que no cometan injerencia. Si faltaran razones para darle trascendencia histórica a esta jornada, hay que remarcar que es la primera que se desarrolla en plena pandemia, con el peligro latente de un rebrote de coronavirus en Bolivia, por lo que es fundamental pedir que el ciudadano sea celoso guardián de las medidas de bioseguridad que se necesitan para evitar ese extremo. Son 24 horas cruciales, que la razón y el deseo de mejores días sean los guías de la decisión más importante de los últimos tiempos.