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EDITORIAL

2003 y 2019, siempre octubre, no siempre igual

Editorial El Deber 13/10/2019 03:00

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Octubre se ha convertido en un mes en el que se ha hecho historia en el país. En 2003 se vivía la Guerra del Gas, con epicentro en El Alto y con fuerte influencia en la sede de Gobierno, la salida del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y una sucesión de mando que terminó en el adelantamiento de las elecciones nacionales y la llegada al poder de Evo Morales.


Independientemente de los actores políticos de ese momento, entre 2002 y 2003, el país estaba ante un final de ciclo. La clase política estaba interpelada, no había un solo partido capaz de cosechar más del 25% de los votos ciudadanos en elecciones; los gobiernos se conformaban en base a pactos, que redundaban en cuoteo. La realidad mostraba que grandes porciones de la población estaban relegadas de la toma de decisiones; la coyuntura económica no era favorable y había medidas que provocaban repudio popular, como el llamado impuestazo que más tardó en nacer que en ser derogado.

Ese momento implicaría un cambio de ciclo. Y ese punto de inflexión se estaba produciendo con violencia en las calles: bloqueos, marchas callejeras y represión, tanto policial como militar.

En 2019, Bolivia está atravesando un nuevo cambio de ciclo. Si hubo cansancio por la democracia pactada, ahora parece haber un hastío de una forma de gobierno que usa la mayoría parlamentaria para aprobar políticas, pero que pasa por encima de los gobiernos subnacionales y de otras instituciones que no dependen del centralismo; con un Poder Ejecutivo nacional que tiene cooptados a los otros poderes del Estado y que parece haber dejado de escuchar al pueblo.

La diferencia es clara. Este nuevo final de ciclo tiene a la gente en las calles, pero ya no en bloqueos ni en lucha callejera, sino en cabildos multitudinarios, expresando su malestar y demandando cambios, pero de una manera pacífica.

En 2003 había un presidente que no fue capaz de escuchar el clamor de las primeras manifestaciones y que terminó saliendo en helicóptero de un cuartel militar rumbo a EEUU, de donde ya no pudo volver.

 En 2016, hay un Gobierno con escasa autocrítica, que reconoce selectivamente las razones de los cabildos, disminuyendo el impacto de los realizados en La Paz y en Cochabamba, y sin considerar siquiera que también en estas ciudades hay voces que le piden cambios.

Si en 2003 fueron los campesinos, obreros e indígenas los que se movilizaban; en 2019 la protesta está liderada por jóvenes y por gente de la clase media que, en muchos casos, tiene respaldo de los sectores originarios y proletarios que no están incorporados a los grupos sociales afines al MAS. No es extraño, porque la mayoría del voto se concentra en las ciudades, debido a la migración y a la urbanización de la población.

Se trata de ciclos que se cumplen y que, independientemente de los actores políticos, encierran situaciones que ya la sociedad no puede sostener. Los cambios se dan, aunque el poder de turno no lo acepte, porque para poder gobernar, la opción de escuchar al pueblo deja de ser optativa para convertirse en una obligación.

En este momento, es vital que cada ciudadano sepa que tiene poder en su voto. Que, así como decide en elecciones, tiene la posibilidad de fiscalizar y de demandar que se atiendan sus reclamos. Sin duda, cuando el pueblo despierta, al gobernante –sea quien sea- no le queda más que escuchar y actuar en consecuencia. Así es como se va construyendo la democracia.