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29 de marzo de 2017, 4:00 AM
29 de marzo de 2017, 4:00 AM

Cuando uno cumple años, el cambio de dígito puede ser una experiencia intensa, llena de reflexiones existenciales. Así me ha tocado el fin de semana pasado. Yo que nunca tuve ningún rollo con la idea de ‘hacerme grande’, hice casi un ataque de pánico el día anterior a mi cumpleaños 50. Me di cuenta de que era la última vez que tenía ‘40 y algo’ y me entró una fatiga, que la cuento solo para que no se me haga maña. 

No sabiendo si para el evento cabía una fiesta o una misa, decidí fugarme a Samaipata, al medio de las montañas, con mis tres hijos, la novia de uno de ellos, mi mascota y una gran amiga que empalmó casualidades para no dejarme escapar del todo. Fue un necesario encuentro con la paz, la alegría y el amor del bueno. Qué importante es salir de la rutina, darse permiso, tomarse la molestia de hacer algo distinto, lo que sea que esté al alcance de uno. En este caso, volví, después de muchos años, a un lugar al que íbamos seguido cuando mi hermana, veinteañera, hacía su año de provincia y ‘mis niños’ eran niños de verdad. La memoria me los trajo de nuevo en cada paisaje, cada olor, cada sensación térmica. Pude escuchar sus voces y su risa de chiquillos, mientras los miraba con una taza de café frente a mí, ahora, ya grandes. Los abracé por impulso, sin que ellos sepan qué me disparaba el arrebato. 

El vidrio de una pequeña ventana del baño, en la cabaña, tenía un diseño que llamó mi atención mientras me duchaba. Yo había visto ese vitral en algún lado, no sabía dónde ni cuándo. Un recuerdo siguió al otro, hasta que sentí la casa de mis abuelos, en Potosí, donde pasé mi primera infancia. Yo sé que los malos recuerdos son acaparadores de nuestra memoria, pero no se olvida tampoco, aquello donde el amor rondó. Los tiempos más memorables son aquellos en los que recibes y regalas ternura, no hay vuelta. De esos no te olvidas, cualquier olor, sabor o paisaje, dispara su recuerdo. Para mis cuarenta y diez, me regalé tiernos recuerdos de amor. Abracé, reí y besé con la ternura más genuina que tengo, para seguir construyendo vivencias y memoria, de la buena 

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