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A 40 años de la masacre de la calle Harrington

Guido Áñez Moscoso 13/1/2021 05:00

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Después del golpe de García Mesa y Arce Gómez el 17 de julio de 1980, quienes militábamos en el MIR estuvimos obligados a tomar distintos rumbos, unos al exilio, otros caímos presos y luego fuimos exiliados, otros en la clandestinidad. Todos desde su trinchera de lucha seguíamos con un solo objetivo: recuperar la democracia, conquistar la libertad y la justicia para el pueblo boliviano.

La historia de Bolivia está plagada de asonadas y sangrientos golpes militares, dictaduras electorales, caudillos autoritarios, liderazgos, algunos pintorescos y personajes funestos que ejercieron el poder en su beneficio. Pero la página más negra de nuestra historia la escribió García Meza (+). Construyó un ‘narco-Estado’, recibió asesoramiento en represión y tortura de la dictadura argentina, entregó la riqueza nacional firmando contratos privados, mató y asesinó a sangre fría. Como dijo Arce Gómez, su ministro del Interior, tuvimos “que caminar con el testamento bajo el brazo”.

En esas condiciones hacíamos política, enfrentando ese sistema, sin pensar en ninguna recompensa material. Para nosotros, la política no era un negocio, era una vocación de servicio, un exagerado amor a nuestra tierra, unas ansias de libertad que nos movía a luchar día a día. Muchos compañeros dejaron sus familias, no veían a sus hijos, a sus padres por seguridad para evitar la cárcel. Entre esos militantes estaban en primera línea los compañeros Artemio Camargo, José Reyes, Ricardo Navarro, Ramiro Velasco, Arcil Menacho, Jorge Baldivieso, José Luis Suárez, Gonzalo Barrón y la única sobreviviente, la compañera Gloria Ardaya. Ellos eran la dirección nacional clandestina del MIR, la que luego de reflexiones colectivas, discusiones políticas, llegaban a acuerdos para que todos los militantes en las nueve regionales pudieran implementarlas para continuar con la resistencia a la dictadura.

De todos ellos con quien más compartí mis primeros años en política fue con Ricardo Navarro, el ‘Flaco’, y Gonzalo Barrón, quienes eran los responsables del Frente de Masas Universitario del MIR. Gracias a su apoyo logramos la victoria del Frente Universitario de Reivindicación Autonomista (FURA) en la Universidad Gabriel René Moreno. Lo logramos en unidad con todas las fuerzas democráticas y antifascistas en 1979. Haber sido elegido ejecutivo de la Federación Universitaria Local, me valió que el mismo 17 de julio fuera apresado. Por gestiones y firmeza del prefecto de la dictadura, Óscar Román Vaca, ningún cruceño fue trasladado preso a La Paz, y fui exiliado a Paraguay, el 22 de julio de 1980. Fue mi primer exilio. Luego vendría otro, este que sobrevivo desde 2009.

Durante aquel verano democrático previo al golpe, pude compartir con el Flaco y con Gonzalo lecciones de decencia política que me han acompañado toda mi vida. Eran hombres con valor, lealtad, nobleza, ponían en riesgo su vida por sus ideales, tenían una mirada diferente que despertaba respeto y una nueva conciencia que ha sido a lo largo de estos 40 años un patrón a seguir.

Ellos son héroes, no solo héroes del MIR, son héroes de Bolivia. Lo que pasa es que el egoísmo político no nos ha permitido ponerlos en el sitial que se merecen. Esa generación de militantes miristas fue una generación valiente, decidida, entregada alma, vida y corazón a la lucha por las libertades del pueblo. No medíamos los riesgos y estábamos dispuestos a todo en la lucha contra la dictadura que estaba en guerra contra nosotros. Para ellos, éramos los “ subversivos, los terroristas”, el “cáncer” de la sociedad.

Lo cotidiano era incierto, y eso nos hizo una gran familia, nos dio aliento para construir un proyecto político y humano; nos hizo crear lazos de compañerismo muy profundos que perduran hasta hoy. Fue una generación generosa, luchamos por una amnistía general e irrestricta para todos sin importar el color político, sin calcular que nos convenía o no, pues estábamos en política por principio no por negocio. Por eso derrotamos a la dictadura, ese fue el éxito de nuestra lucha.

Desde la distancia obligada rindo mi homenaje a esos ocho compañeros que ofrendaron su vida para que podamos vivir en democracia y libertad, para que las nuevas generaciones políticas sepan que la libertad y la justicia no son permanentes, que se las tiene que conquistar día a día, que se las tiene que cultivar. Rindo mi homenaje para que se recuerde que la historia de nuestra patria está abonada con sangre de una generación que luchó por una libertad plena, que ni las dictaduras militares ni las dictaduras electorales, ambas con ligazón con el narcotráfico, fueron un obstáculo para seguir en lucha por la democracia.

Rindo este homenaje a mis compañeros asesinados en la calle Harrington porque fieles a su memoria, tenemos que seguir desde luchando por una patria justa, libre, soberana y democrática.

¡Honor y gloria a los caídos en la calle Harrington!



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