7 de marzo de 2024, 4:00 AM
7 de marzo de 2024, 4:00 AM

Hay que admitir con resignación que Bolivia careció históricamente de un servicio diplomático idóneo, salvo contadas y honrosas excepciones. A ello se deben sumar la debilidad institucional y la geopolítica regional que pusieron al país bajo un fuerte grado de influencia e interferencia del Departamento de Estado de EEUU sobre la política interna nacional.

Es sabido que los embajadores estadounidenses tuvieron participación activa en diferentes procesos políticos, desde la Revolución de 1952, pasando por el derrocamiento de Juan José Torres y la dictadura de Hugo Banzer, hasta la recuperación de la democracia. Todo al son y compás de la política internacional y del péndulo político norteamericano que toca los extremos de demócratas y republicanos.

En ese contexto, llegaron al país todo tipo de embajadores que tenían claro que Bolivia no era el mejor destino para sus carreras, pero sí les permitía ejercer el poder, golpear la mesa, darse el lujo de increpar a las autoridades bolivianas cuantas veces sea necesario, y avalar o vetar ciertas designaciones.

Algunos de esos funcionarios son recordados por sus gestiones muy peculiares. Por ejemplo, Robert Gelbard quien abiertamente, en 1989, intervino en el proceso electoral boliviano, pero fracasó en su intento de promover la presidencia de Gonzalo Sánchez de Lozada. Jaime Paz y el MIR se encargaron de provocar el bochorno del embajador gringo en Bolivia.

Curtis Kamman fue, probablemente uno de los diplomáticos sobrio y medido en todas sus actuaciones públicas, pero implacable con la presión por la erradicación de la coca destinada al narcotráfico.

Donna Hrinak rompió todos los esquemas, organizó rodeos y fiestas temáticas por el 4 de julio y “motivó” a los políticos a que se disfracen de beisbolistas y vaqueros para celebrar. Todo por estar en la preciada lista de amigos de la Embajada Americana. En este recuento surge el nombre de Manuel Rocha, el confeso espía para el régimen cubano. Rocha hizo en Bolivia lo que todos sus antecesores: preservar los intereses políticos de su país e interferir en la política interna, pero su actuación pasó de indisimulada a grotesca, pues no tuvo inconveniente alguno en subirse a una tarima en plena campaña electoral de 2004 y advertir: “El electorado boliviano debe considerar las consecuencias de escoger líderes de alguna manera conectados con el narcotráfico y el terrorismo”, en clara alusión a Evo Morales, principal oponente de Manfred Reyes Villa y Sánchez de Lozada.

La amenaza de Rocha marcó la agenda de los últimos cuatro días previos a la votación. La sorpresa de ese cómputo fue Evo Morales. Muchos atribuyen el resultado a la penosa interferencia no diplomática del embajador/espía, aunque también es cierto que los partidos y líderes de los tiempos de la democracia pactada estaban ingresando en el ocaso de sus carreras políticas.

Ya en la época de Evo Morales hubo un giro absoluto. Morales se encargó de provocar todos los disgustos posibles a David Greenlee; despreciar el mercado estadounidense para los textiles bolivianos, por ejemplo. Y, finalmente, Philiph Goldberg, expulsado de Bolivia junto a la DEA.

Largos y polémicos capítulos se han escrito en esta historia; ciertamente, las polémicas han superado por amplio margen a lo que debe ser una relación bilateral: respeto mutuo, soberanía y bien común. El caso Rocha es el más oscuro, pero no el único.

Con miras al futuro, es necesario que cuando Bolivia recupere algo de la institucionalidad perdida en los últimos años, se retomen las relaciones diplomáticas con EEUU y otros países, pero que nunca más lleguen espías a nuestro país ni de Bolivia salgan “diplomáticos a la carrera” que confunden su responsabilidad histórica con una vacación bien pagada.

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