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Ahora que hay vacunas suficientes, no todas las personas comprendidas en edades superiores a los 50 años están acudiendo a recibir la inmunización en todas las ciudades del país.

Extrañamente, en algunas ciudades del interior se han visto centros de vacunación con pocas personas, ocupando apenas la primera fila de los asientos en espera de la inyección, mientras el resto de los espacios permanecen vacíos.

En Santa Cruz se han visto filas largas para recibir la vacuna, lo cual habla bien de la conciencia ciudadana en esta región del país, que también es la más afectada por la presencia del virus y los contagios. La gente ha estado acudiendo a los centros de inmunización y en ocasiones va de un lugar a otro en busca de un espacio donde las filas sean más cortas.

Lo lamentable es la actitud de algunas personas que anteponen el prejuicio frente al conocimiento científico, y se han dado a la tarea de desacreditar el beneficio de la vacuna solo porque lo oyeron en rumores de barrio o de mercado: esas versiones no tienen ningún sustento médico científico. En la historia de la humanidad, la aparición de las vacunas ha salvado millones de vidas y ha evitado que mayores cantidades de personas contraigan enfermedades.

“No me vacuno porque no sé lo que me están inyectando”, es uno de los dichos de esos grupos que carecen de argumentos válidos. El mundo entero se ha tomado en serio la pandemia que se ha llevado más de 3,4 millones de personas; los pocos laboratorios que consiguieron la fórmula de la inmunidad no están jugando con nadie ni están poniendo en riesgo ni la vida ni la salud de las personas.

Tampoco es verdad que haya efectos secundarios premeditados. Se escucha cada cosa en las calles, como aquello de que la vacuna incluye un componente para afectar la fertilidad de hombres y mujeres, que ya no se sabe qué pensar de ellos. Todos son rumores producto de la ignorancia o incluso la mala intención de algunos grupos negacionistas, a los que la humanidad ya les ha puesto el nombre de “covidiotas”.

Se conocen casos extremos de personas que, en el velorio de sus seres queridos, que perdieron la vida por covid-19, comentan que ellos no se vacunarán porque “no creen” en la vacuna. Nada hay más insensato que un comentario de esa naturaleza. La decisión de vacunarse o no es libre, es verdad, pero el ejercicio de la libertad debe seguir también la línea de la conciencia y de lo más aconsejable para el bien común.

Esta etapa intensa de la vacunación coincide con el momento más duro de la tercera ola de la pandemia, que se está llevando vidas ya no solo de adultos mayores, sino también de personas jóvenes en partidas inesperadas que conmueven a los más conscientes.

En paralelo, en la ciudad no han cesado las actividades festivas en boliches, hoteles cinco estrellas y domicilios particulares, que hacen gala de la peor ignorancia e irresponsabilidad al organizar encuentros masivos que, con o sin barbijos, son en sí mismos de alto riesgo.

Las autoridades deben hacer cumplir las normas, pero para ello, esas autoridades deben ser las primeras en cumplir las medidas de bioseguridad, lo que no siempre ocurre.

Sin embargo, la responsabilidad principal la tienen los propios ciudadanos: ¿Qué más hay que decirles para convencer principalmente a los jóvenes bolicheros de que sus vidas y las de sus papás y abuelos está en peligro? ¿Sabrán ellos que, de cada diez personas intubadas, tres son jóvenes en Santa Cruz? Nos hace falta conciencia, mucha conciencia.



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