La política exterior de Donald Trump vuelve a colocar al mundo en una zona de incertidumbre peligrosa. La guerra en Irán, aun con un frágil cese del fuego, ha dejado en evidencia algo más profundo que un conflicto puntual: la creciente imprevisibilidad de Estados Unidos como actor global y el debilitamiento de su liderazgo en un momento crítico.
El impacto es inmediato y tangible. Los precios de los combustibles vuelven a subir, presionando economías ya frágiles y golpeando especialmente a países importadores de energía. Pero más allá del efecto económico, lo que se instala es una sensación de inestabilidad prolongada. Nadie puede afirmar con certeza que el conflicto no escalará nuevamente, ni cuánto tiempo durarán sus consecuencias.
Lo más preocupante no es solo la guerra, sino la forma en que se la ha conducido. Las declaraciones del propio Trump —incluyendo amenazas desproporcionadas— han erosionado la credibilidad de Estados Unidos, no solo frente a sus adversarios, sino también ante sus aliados. En Europa, el escepticismo es creciente. En el propio Estados Unidos, la crítica ya no proviene únicamente de la oposición: sectores de su propio partido, analistas y medios que antes lo respaldaban han comenzado a tomar distancia. La fractura interna es evidente.
Un país dividido y un liderazgo errático generan un efecto multiplicador en el sistema internacional. El resultado es un mundo más fragmentado, donde las alianzas tradicionales se debilitan y cada actor busca protegerse por su cuenta. En ese escenario, la idea de un orden global predecible se diluye. Y con ella, la capacidad de planificar, invertir y crecer.
¿Dónde queda Bolivia en este tablero? En una posición vulnerable. La subida de los combustibles impacta directamente en sus finanzas. La volatilidad internacional reduce los márgenes de maniobra. Y la incertidumbre global complica cualquier intento de inserción económica sostenida.
El Gobierno de Rodrigo Paz Pereira ha planteado una política exterior de apertura, orientada a reconectar al país con el mundo. Es, en principio, el camino correcto. Pero el contexto no podría ser más adverso. Se busca abrir puertas en un escenario donde las principales potencias están más concentradas en sus propios conflictos que en construir cooperación.
Esto obliga a un enfoque distinto. Bolivia no puede darse el lujo de apostar a un solo eje de relaciones ni de depender de actores cuya conducta es cada vez menos previsible. La política exterior debe ser, ante todo, pragmática: diversificar vínculos, priorizar intereses económicos concretos y reducir la exposición a shocks externos. Sin embargo, la diversificación tropieza con un inconveniente: el Gobierno aún no ha reemplazado a buena parte de los representantes diplomáticos heredados de la administración anterior. Mantener una estructura que no necesariamente responde a la nueva orientación puede diluir los objetivos de apertura y dificultar la construcción de nuevas alianzas.
Pero hay un punto aun más de fondo. En un mundo inestable, la fortaleza externa depende de la solidez interna. Sin estabilidad económica, sin orden fiscal y sin capacidad de gestionar sus propios recursos, cualquier estrategia de inserción internacional será frágil. La diplomacia no puede reemplazar a la economía.
La guerra en Irán y el desgaste del liderazgo estadounidense son recordatorios de una realidad incómoda: el mundo ya no ofrece certezas. En ese contexto, los países que sobreviven mejor no son los que reaccionan, sino los que se preparan. Bolivia tiene una oportunidad, pero también una advertencia. Abrirse al mundo es necesario. Hacerlo sin entender el mundo que viene, puede ser un error.