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24 de abril de 2020, 3:00 AM
24 de abril de 2020, 3:00 AM

Ivan Rodrigo Castedo Soliz
Médico Infectólogo
Docente Universitario


Si un peatón distraído cruza la calle sin fijarse y provoca un triple accidente en cadena, ¿quién tiene más responsabilidad? ¿Será más culpable el primer coche que maniobró para evitar al imprudente, o será el segundo, o acaso el tercero? La culpa se divide, pero el tercer coche tendrá mayor responsabilidad, ya que tuvo mayor tiempo para evitar la colisión.
Algo parecido estamos viviendo con la situación del Covid-19, hemos tenido más tiempo para reaccionar y estamos intentando evitar o al menos aminorar el impacto.

La enfermedad es nueva por lo que nuestro conocimiento sobre ella cambia a un ritmo de vértigo. El mundo entero, tal vez por primera vez en la historia, se ha enfrascado en la búsqueda de vacunas y tratamientos que nos puedan ayudar a controlar este mal. La tarea no es simple debido a características propias del virus: su fácil propagación, la gran cantidad de portadores asintomáticos, el daño multiorgánico y sobre todo la agresividad en pacientes de riesgo.

La vacuna llegará, pero no en este año, los protocolos terapéuticos son distintos en cada lugar, -esto está mal, deberíamos tener un protocolo único a nivel nacional-, algunos utilizan drogas que provocan muchas veces más daño que alivio al paciente, el motivo: “ante situaciones extremas, medidas extremas”, este argumento es equivocado y debería ser “ante situaciones extremas: medicina basada en la evidencia”, o acaso olvidamos el aforismo hipocrático “primum non nocere” o “lo primero es no hacer daño”.

El virus es un ente en el límite de la materia, cuyo único objetivo es “sobrevivir” y esto lo hace en las células de un huésped. Existe la tendencia mundial de llamar al SARS CoV2 como “el gran ecualizador”, porque no discrimina ricos de pobres y terminará afectando a todos. 

Esto no es del todo cierto, ya que quienes tengan más recursos económicos, tendrán un grado de exposición menor y podrán pasar este período en la comodidad de sus casas, con una salida semanal, si es que acaso es necesaria.
Pero la informalidad de nuestra economía hará salir a la gente más necesitada, aquella que no tiene sueldo fijo ni la posibilidad de trabajar a distancia, incrementando sus posibilidades de contagio. Los países pobres como el nuestro deberán redoblar esfuerzos, las políticas tomadas por la presidenta Añez son acertadas, pero con fallas grandes en su ejecución: aglomeración de personas para recibir bonos, autoridades de salud que renuncian sin una causa clara, un comité científico que nadie conoce quienes lo componen. Pero el gran error radica en no tener claras las prioridades. ¿la salud de la población es la prioridad número uno? en una pandemia no. La prioridad máxima es la protección del personal de salud que tendrá a su cargo la salud de esa población. Un médico o enfermera infectados no podrán atender a nadie. Por lo tanto, los equipos de protección personal son la prioridad máxima en este momento, en lugar de comprar medicamentos sin eficacia e inocuidad demostrados, o tests rápidos sin la especificidad y sensibilidad mínimas necesarias.
Se escucha la frase “esta pandemia la venceremos todos juntos”, prefiero decir “esta pandemia la venceremos juntos, pero estando separados”.



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