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Adversarios, no enemigos

Juan Cristóbal Soruco 4/12/2020 05:00

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Uno de los cambios que no se ha podido arraigar en nuestra convivencia ciudadana es la de actuar, en todos los campos y lugares, guiados por una cultura democrática. Los avances que se dieron desde 1982 para desarrollar y consolidar actitudes de respeto a la divergencia y al espacio común no han sido suficientes y la gestión del MAS quebró, además, la institucionalidad que se fue construyendo para acompañar ese nuevo tipo de relacionamiento.

Mucho ya se ha escrito sobre el predominio de las corrientes autoritarias dentro del MAS, la inclinación de muchos de sus principales dirigentes a considerar la violencia como instrumento para copar el poder, concebir al disidente como enemigo y el ejercicio del culto a su jefe para convertirlo en un conductor de masas, que deben subordinarse a su arbitrio.
Sin embargo, la experiencia de este último año muestra que no solo convivimos con el coronavirus sino también con el virus de la intolerancia y el autoritarismo, que ha invadido todo el espacio nacional y hace imposible establecer un diálogo entre diferentes.

Las redes sociales son un espacio donde se desarrolla la concepción de que quien piensa diferente es un enemigo y que no hay espacio para la disidencia.
Si bien es peligroso generalizar, lo cierto es que en ese espacio predominan el insulto, la desconfianza y la descalificación. No valen argumentos, pues no hay ninguna predisposición a escuchar al otro. Si no está de acuerdo con uno, hay que eliminarlo. Para peor, quienes son más violentos, normalmente muestran, rápidamente, una supina ignorancia en lo que comentan y es fácil comprobar que organizan su pensamiento en base a informaciones de dudosa procedencia.
En esa línea, las elecciones subnacionales se presentan como un escenario de nuevos enfrentamientos que se reproducen, sin pudor alguno, en las redes sociales. Y si bien se observa esta tendencia en todos los departamentos, llama la atención la manera en que se está presentando la confrontación política en Santa Cruz, particularmente por los ataques de dirigentes de Juntos a los de Demócratas.

En lo que hasta ahora he seguido en esos espacios, no he encontrado ningún argumento político-ideológico que respalde la posición de cada quien. Lo que se hace es insultar al adversario sin presentar, por lo demás, prueba alguna y vaya que se lanzan acusaciones que afectan hasta la vida íntima del presunto enemigo, actitud que permite suponer que, al final, lo que más importa es cómo vivir del erario departamental.
Es posible prever que esta forma de encarar la lucha política se mantendrá mientras el país no recupere el sistema democrático como lo hizo en 1982, instalando un gobierno con dirigentes que tengan visión de futuro y no se solacen ejerciendo el poder para hacer realidad sus impulsos más atávicos.

Corresponde aclarar que el fenómeno que describo no es patrimonio nacional. En su última encíclica, el papa Francisco nos advierte que al “mismo tiempo que las personas preservan su aislamiento consumista y cómodo, eligen una vinculación constante y febril” favoreciendo la “ebullición de formas insólitas de agresividad, de insultos, maltratos, descalificaciones, latigazos verbales hasta destrozar la figura del otro”, lo que ha “permitido que las ideologías pierdan todo pudor”.

En fin, se trata de recuperar el principio de que en la pugna política democrática los contarios no son enemigos a los cuales eliminar, sino adversarios con los que se puede y debe convivir pacíficamente porque más allá de las diferencias, las necesidades de la gente hacen que se pueda acordar objetivos respetando sus diferencias.

En ese contexto, quienes se creen ciudadanos militantes de la democracia deben extirpar el virus de la intolerancia en sus relaciones políticas para no actuar de la misma manera en que lo hacen los dirigentes del MAS. Y si esto vale para todo el país, vale especialmente para Santa Cruz donde compiten, con abundante fuerza social, dos corrientes que se reclaman a sí mismas como democráticas.



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