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5 de junio de 2019, 4:00 AM
5 de junio de 2019, 4:00 AM

Corrían los años 60 cuando cientos de flamantes bachilleres, llenos de sueños e ilusiones y apoyados por sus padres, atravesaron las fronteras, tras un título profesional. Había comenzado el despegue del desarrollo cruceño, y faltaban recursos humanos capaces de iniciar esta epopeya. Desfilaron los años y una inmensa mayoría retornó a su amado pueblo. Traían no solo nuevos conocimientos, sino otros estilos de vida, que enriquecieron aún más nuestro acervo. Hoy muchos de ellos desarrollan la docencia, transmitiendo su inmenso bagaje de conocimientos.

No cabe duda que este hecho se inscribe como factor influyente en el modelo de desarrollo cruceño, tan exitoso. El “feliz retorno”, constituiría lo que llamo la revolución educativa 3.0, mientras que la 4.0 es la que venimos construyendo desde las instituciones educativas en todos sus estamentos, donde el maestro o el docente universitario es la piedra angular.

Todos saben que no puede existir desarrollo sin una buena educación. Aunque a los gobiernos esto poco les interesa porque no existe rédito político a corto plazo, basta mencionar ejemplos como Corea del Sur o Singapur que, siendo países en vías de desarrollo, luego de algunas décadas, se convirtieron en abanderados de la enseñanza mundial y emporios de una economía moderna e innovadora.

Mientras se exige acá solamente el estudio de lenguas nativas, en estos estados se incluye el inglés como idioma obligatorio desde primaria, y no tienen complejo alguno en hacerlo. La docencia tiene un alto prestigio social y cuenta con todos los recursos necesarios. Las evaluaciones son periódicas y obligatorias, tanto para maestros como para estudiantes. Son estas las que dirimen si los alumnos seguirán una carrera técnica o universitaria. En Singapur cerca del 70% accede a la formación técnica o vocacional. En Bolivia, en cambio, el Gobierno tiene una posición crítica a estas pruebas. El argumento es que se tratan de exámenes estandarizados para el contexto de otros países. Finalmente, sus métodos de enseñanza buscan un aprendizaje flexible y diverso, ofreciendo asignaturas de libre elección. El currículo es común, pero existe descentralización, dotando mayor autonomía a los centros escolares, que se organizan regionalmente. Cada escuela establece sus metas y evalúa sus avances anualmente. En Bolivia, en cambio, se cumple un sistema educativo rígido y centralizado.

Frente a esta cruda realidad, ¿qué hacer? Pues tomar la iniciativa. Con juego de cintura que permite el modelo boliviano, habrá que articular, coordinar y ejecutar acciones que eleven nuestra educación en todos los ámbitos sean estos académicos, ciudadanos, etc. Que la “triple hélice” empiece a funcionar, es decir gobiernos subnacionales, universidades y empresa privada desarrollen juntos una matriz que sea la base de la revolución educativa 4.0. La pregunta es ¿quién tira la primera piedra?

Muchos homenajes se hacen con frecuencia a políticos, autoridades, empresarios o militares, sin embargo son menores los reconocimientos al maestro. Suena paradójico en nuestro país, pero no es extraño en un lugar donde las “palomas disparan a las escopetas” y en el que influye más el carné del partido gobernante o las componendas frente a los títulos académicos que pueda ostentar el ciudadano de a pie.

Al menos hoy, 6 de junio, Día del Maestro, reconozcamos el valor inconmensurable de aquellos hombres y mujeres, cuyo esfuerzo, pasión y trabajo construyen silenciosamente sea en la escuela o la universidad, la verdadera Patria que todos aspiramos.