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Al rescate de los superalimentos

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En 1985, el Dr. Víctor Paz Estenssoro debió cerrar las minas, principal sostén de la economía del país, tras la caída de los precios internacionales de los minerales, en un escenario político sumamente adverso pues recién habíamos recuperado la democracia y para evitar protestas y movilizaciones de los afectados, el gobierno del MNR creó el eufemismo de la relocalización para no hablar de despidos masivos, que fue lo que en verdad ocurrió.

Hoy asistimos a un nuevo capítulo de esas cíclicas caídas de precios de las materias primas que golpea a otro sector importante de la economía boliviana, como es el agropecuario. De todos sus actores, un grupo que la está pasando mal es el de los productores de superalimentos, tal como lo consigna un amplio reportaje de El Deber, del pasado fin de semana. La quinua, el amaranto, la cañahua y otros cereales, que son el sustento económico de muchas familias en el difícil escenario del altiplano boliviano, han perdido su valor hasta en un 70% y aunque los afectados continúan sembrando y vendiendo su producción a precio de gallina muerta, la escasa rentabilidad de su esfuerzo amenaza con impulsar otro éxodo masivo como el de los mineros hace 35 años.

Se les llama así por sus increíbles beneficios para la actividad cerebral, para la formación de masa muscular, para ralentizar la oxidación de las células, para regular la obesidad, generar tranquilidad y por su contribución en la batalla contra distintos tipos de cáncer. La quinua, cañahua, amaranto, soya, sésamo y la chía no han podido, sin embargo, hacer frente a los embates de la economía mundial, golpeada por la emergencia sanitaria del Covid-19, fenómeno al que se suman otras variables que desalientan su producción, como el contrabando, la especulación de los intermediarios y el poco valor agregado que aquellos productores le dan a estos cereales.

Como nadie trabaja a pérdida, lo más probable es que, de seguir esta tendencia a la baja, los campesinos decidan buscar, tarde o temprano, otras opciones para generar ingresos, ya sea engrosando los cinturones de pobreza en los barrios marginales de las capitales del país; o bien, aventurándose a la conquista de áreas protegidas que no son aptas para la producción agrícola intensiva, como ocurre ya en varios puntos del oriente boliviano.

El gobierno debe incentivar las inversiones, implementar acciones que contribuyan, no solo a proteger a los productores de superalimentos de manera sinérgica, si no también convertir esta crisis en una imperdible oportunidad de diversificación de la economía de las familias dedicadas a esta actividad.

Urge que el gobierno nacional, genere un decidido proceso de industrialización de los cereales andinos, como ocurre ya con la soya y la chía en el oriente, en alianza con las universidades del país; una lucha frontal contra el contrabando, tanto en los puntos fronterizos, como en los centros de abastecimiento de la canasta familiar; la promoción del consumo interno con campañas que impulsen cambios en los hábitos alimenticios de los bolivianos; buscar nuevos mercados y liberar las exportaciones de productos estratégicos; y fortalecer a las organizaciones gremiales de los productores para que puedan enfrentar el agio de los intermediarios.

Para ir al rescate de los superalimentos no bastará con un eufemismo ni con esfuerzos aislados. Una intervención a nivel de política de Estado es lo que amerita la situación.

Víctor Hugo Gil Ocampo es Docente de la Carrera de Ingeniería Financiera de la UAGRM

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