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“Gesta de héroes y mártires, hazañas patrióticas y gloria: las expediciones bolivianas al Pilcomayo desarrolladas en el siglo XIX han sido objeto de alabanzas y admiración por parte de sus contemporáneos y sus historiadores. (…) A explorar las exploraciones y hacer la historia de sus historias se dedica este libro (…) Más que admiración, las expediciones pioneras hacia “el desierto” son, tal vez, dignas de compasión.” Esos son fragmentos de la contraportada del libro “El Chaco invicto” (El País, 2021) de Isabelle Combes, historiadora francesa de nacimiento, cruceña, o quizás mejor chaqueña, por derecho propio.

Va resaltado entonces que se basa en “historias” y en narraciones, algunas con pretensiones de libro de viajes, esto último tan afamado y de importancia en el siglo XIX, de unas expediciones con mucho de sueño y anhelo de gloria.

Uno no deja de preguntarse porqué resuenan más las expediciones al Chaco y no así las exploraciones al Amazonas, si en ambos casos eran territorios desconocidos, e implicaban aventura, peligro y, sobre todo, sueños de progreso con navegación y llegada de inmigrantes. La respuesta puede estar en que el Pilcomayo nace en Potosí y el progreso, de darse, estaría ahí, cerca del “centro” de Bolivia. Lo cierto es que hasta la guerra el Chaco siguió siendo inalcanzable.

Y es difícil dejar de comparar ambos objetivos. Sin duda, por ejemplo los sueños de Antonio Vaca Díez y G. Earl Church eran absolutamente más gigantes y más reales que los “chaqueños”, pero no tuvieron la aureola y la prensa de éstos.

Navegación al Atlántico e inmigrantes eran el objetivo o el sueño de los bolivianos que esperaban un Pilcomayo navegable hacia el Río Paraguay.

La autora recoge citas de esos sueños: “En 1887 Félix Padilla propone un plan de colonización del Gran Chaco que contempla la fundación de colonias, la instalación de aduanas, escuelas y hospitales destinados a acoger inmigrantes europeos, y la construcción de astilleros, muelles y puertos para cuando ´multitud de ágiles vaporcillos surquen alegres las aguas del querido Pilcomayo´”.

El libro descompone las expediciones en varios aspectos y ahí resaltan detalles que comprueban el desconocimiento del Chaco y errada preparación de las expediciones. “Varios incidentes demuestran que los andinos pisan un mundo totalmente desconocido.” Una cita del francés Thouar dice: “Cruzar el río fue muy difícil, las tres cuartas partes de nuestros hombres nacidos en el altiplano, no sabían nadar. Algunos casi se ahogan.”

Como de narraciones e historias se trata el libro, es ameno y hasta divertido, si no fuese que no es ficción y los resultados dan pena. Empiezan con desfiles “al igual que los planes grandiosos de porvenir y progreso que la buena sociedad festeja en actos sociales y cocteles, la salida de la tropa expedicionaria es un acontecimiento fastuoso, memorable, celebrado con bombos y platillos”.

Pero el esplendor no dura mucho, dice Combes, y pronto el tono cambia “de hecho el típico relato de expedición al Chaco se resume en un retahíla de padecimientos varios (…) una larga agonía (…) un víacrucis”. El libro tiene varias venas describiendo los “sufrimientos” y concluye que la mayor parte de los fracasos se deberían a una desastrosa preparación y a la abismal diferencia entre los planes y la realidad del terreno, que era desconocido.

Un ejemplo ideal son los botes, goletas dice el propio Magariños, que ante la idea general de ser caudaloso el Pilcomayo, manda traer carpinteros chilenos para construir sus embarcaciones, lamentablemente con quilla. Nunca navegaron más de cinco cuadras y encallaban.

A las expediciones terrestres no les iba mejor. El calor, la sed, el temor a los bárbaros y las distancias atormentan a las expediciones. Se podría seguir con las anécdotas desastrosas de Thouar (ser estrafalario lo califica, pero más parece un bribón, charlatán, tema que daría para un libro sobre el “aprendiz” de explorador), pero lo que queda es la sensación de fracaso, no solo por las expediciones sino por el objetivo mayor: comunicarse con el Atlántico.

Si la llegada de inmigrantes era el desiderátum de progreso, nos fue mal, no por ineficiencia, sino quizás por las mismas condiciones geográficas y económicas del país. Si Argentina era el modelo y país exitoso en inmigración, Bolivia, a diferencia de lo que creíamos, no podía atraer. Y había extranjeros que veían la realidad. Vallerie Fifer en su libro “Bolivia” cita al diplomático inglés C. Masterton, quien en 1843 desde Chuquisaca escribía al Foreing Office “Puedo asegurar que nada espera a los inmigrantes en Bolivia a no ser aflicciones y desilusiones extremas. No solo se sumergirán en un mar de dificultades, sino que legarán a sus hijos la miseria inherente a un estado social que irá de mal en peor”.

Desde 1870 Argentina recibió cientos de miles de inmigrantes. Paraguay antes de la guerra ya tenía colonias menonitas en el Chaco. A Bolivia en la época y zona de la goma llegaron alemanes y japoneses asentados en Perú, años después los “turcos” y en 1938 una considerable cantidad de judíos alemanes. Pero para recibir esos que renueven nuestro agro, tuvimos que esperar hasta los años 50 del siglo XX, cuando se establecieron colonias agrícolas de japoneses y menonitas. Y con tan pocos de ellos se hizo tanto, que da para pensar que el anhelo era cierto. ¿Y la navegación por el rio Paraguay?. Ya sabemos de los esfuerzos y sueños de Suárez Arana y Joaquín Aguirre y ahora de otros empresarios que nos permiten ser exportadores de oleaginosas. Pero Puerto Busch nada.

¿El libro de Isabelle Combes? Una delicia

Ricardo Serrano Herbas es Editor


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