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Clasificados

Al Sistema Judicial no le gustan las matemáticas

Miércoles, 26 de marzo de 2025 a las 02:00

Por Redacción

Eduardo Herrera |Director de Asuntos Jurídicos de CAINCO

Primer día de clases, Facultad de Derecho, Introducción al Derecho. El catedrático nos pide que nos presentemos y expliquemos por qué elegimos esta carrera.

Las respuestas, salvo creativas excepciones, se dividen, casi en partes iguales, entre quienes, con la mirada encendida, dicen querer ser paladines de la justicia y transformar el mundo a fuerza de ley, y quienes, con honestidad desarmarte, confiesan que su elección es resultado de su aversión a los números: “No me gusta la matemática y en Derecho no voy a verla”.

Ante tan franca revelación solo queda la admiración. Pero más allá de una brutal honestidad, yace el inicio de algunos que dedicarán los próximos cuatro o cinco años de su vida o a veces una vida entera a una carrera, como refugio para esconderse de la aritmética y ponerse a salvo de su fría lógica y su absoluta exactitud.

Y, sin embargo, las clases avanzan. Aprendemos acerca de un magistral contrato, suscrito al nacer, por el simple hecho de formar parte del Estado. Esta relación con el Estado y ese “Contrato Social” por el cual, en justo equilibrio, cedemos parte de nuestra libertad a cambio de las garantías de ciertos derechos. Por ejemplo, delegamos al Estado el monopolio del uso de la fuerza, renunciando a nuestra capacidad de ejercerla sobre el prójimo, a cambio de recibir del Estado la garantía de su protección, resguardando al más débil de la voluntad del más fuerte. Garantizando la igualdad entre todos, asegurándose de que se cumplan los mismos deberes y se goce de los mismos derechos. Este acuerdo será plasmado en nuestra Constitución, que es ese texto que en cualquier país salvo cuando se modifique, será nuestro permanente documento de consulta.

En otra clase, el profesor explica el Derecho y su relación con el Estado, en medio de su cátedra, nos cuenta sobre un señor Montesquieu y nos expone al brillante concepto de “Separación de Poderes”. Si en la clase anterior quedó claro que los ciudadanos cedimos el uso de la fuerza al Estado a cambio de su protección imparcial y universal, en esta clase aprenderemos acerca de quién protege al ciudadano frente al Estado.

Posteriormente, nos adentramos en un viaje a través de los engranajes del llamado sistema de “Balanzas y Contrapesos”. Un sistema de perfecto equilibrio, por el cual, el poder del Estado no descansará jamás en un único individuo o institución. A partir de este sabio sistema el poder se fraccionará y tendremos un poder Ejecutivo llamado a hacer cumplir las leyes, un poder Legislativo llamado a crear las leyes y un poder Judicial, llamado a interpretar las leyes, siendo deber de cada uno servir de contrapeso al poder de los otros dos. 

Lo antes expuesto ha desnudado ante los alumnos el frágil y a la vez robusto cuerpo del Estado. Y entonces, cuando algunos ya respiran aliviados creyendo que no tendrán que vérselas más con conceptos aritméticos, el profesor toma una tiza y dibuja un triángulo en el pizarrón. Más de uno recuerda, inquieto, sus clases de trigonometría. 

Pero esta vez el triángulo es la pirámide de Kelsen es una herramienta para comprender la jerarquía de las normas, situando en la punta a la Constitución, justo por encima de las leyes, que a su vez se asientan sobre los decretos supremos, que descansan sobre las resoluciones de los ministerios. Simboliza gráficamente la supremacía de la Constitución sobre el resto de las normas y es en esencia la perfecta analogía del sometimiento de todas las normas al contrato social que se plasma en la Constitución.

Yo fui de los creyentes, de aquellos que abrazaron la idea de alcanzar la justicia a través del Derecho. Pero han pasado dieciocho años desde aquellas aulas y a veces me pesa comprobar que muchas de esas lecciones siguen siendo meras declaraciones, postulados que se marchitan en la práctica diaria de nuestro sistema judicial.

Cuando un legislador falla en contener al gobierno, cuando las balanzas se doblan ante el peso del miedo, cuando el Derecho es el arma y no el escudo corrompiendo, una y otra vez, nuestro contrato social. Las balanzas y contrapesos, y la pirámide de nuestro ordenamiento se pervierten. 
Quizá sea porque a muchos, desde el inicio, no les gustaban las matemáticas. Salvo cuando les toca contar billetes.
 

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