25 de febrero de 2023, 5:00 AM
25 de febrero de 2023, 5:00 AM

Hay dos cosas que no parecen fáciles de entender, pero que seguimos repitiendo patrones y conductas erráticas y de esta manera nos conducimos cotidianamente a repetir sin advertir que se debe considerar y afrontar un cambio.

Una es que estamos convencidos de que los peligros están solamente afuera de nuestro entorno, de nuestro hogar, de nuestro círculo más cercano y la otra es seguir creyendo que el flagelo éste de todos los días es una tarea y responsabilidad de las autoridades de turno.

Nos referimos a los casos de violaciones, agresiones y feminicidios que golpean la cotidianidad en todo el territorio nacional. Bolivia cerró el año anterior con al menos 38 infanticidios y 94 feminicidios, según datos de la Fiscalía General del Estado. Este año no se ha podido ni revertir ni enderezar esa curva despiadada. Hasta hoy, a menos de 60 días, este 2023 ya registra al menos 17 feminicidios. Las cifras ubican a Bolivia como cuarto país en el continente de más casos y primero en Sudamérica. 

No pocas veces los medios acostumbramos a justificar, de cierta manera, que quien pelea, agrede, viola o mata a una mujer lo hace bajo efectos del alcohol o de la droga. Nada más impreciso. El agresor no lo hace por su estado etílico sino por celos, algún trastorno sicológico, control sobre el otro, personalidad agresiva, traumas heredados o disfunciones que tienen que ver con alguna desviación que padece, pero que nada justifica ese condenable accionar.

Como ejemplo, el fin de semana largo de Carnaval, la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia registró 315 denuncias, de las cuales 258 fueron de violencia doméstica o familiar, 14 denuncias de abuso sexual, 13 de violación, 8 de violación de infantes, 3 casos de estupro, acosos, dos feminicidios y de violencia agravada, sin contar los hechos no denunciados, estamos ante un cuadro de situación alarmante.

El violador, el asesino, agrede o mata porque siente que puede tener el derecho de hacerlo. Un hombre, pese a no padecer trastornos, puede creer que debe controlar a su pareja a quien considera de su propiedad o porque siente que es más que la otra persona y al cometer el delito reafirma y justifica ese poder sobre la otra persona. 

Un complejo cuadro de patologías propias o heredades y muchas veces inconscientes que deben tratarse, educarse, concienciarse y hablarse ante las instancias que corresponden. La sociedad por su parte deja pasar abusos como hechos, actos o dichos normales en vez de condenarlos, pero no solo desde la sanción legal, sino desde el uso del lenguaje, la educación, la conducta grupal, desde los grupos que conforman pertenencias. Construcciones nocivas, síntomas de una sociedad cuyos componentes, no todos por suerte, nos lastiman y dejan huellas dañinas importantes.

Deconstrucciones que parten de no aceptar este tipo de disquisiciones en todos los ámbitos de la sociedad, porque subyace en la familia, en la escuela, el trabajo, la calle y en todas las instancias aprobadas, consentidas, institucionalizadas y legitimadas socialmente.

El camino es largo y el trabajo es constante, pero también colectivo y combativo. Tal vez las nuevas generaciones sean las guías para arrojar mejores luces en este túnel oscuro y hostil, del que algún día nos libraremos para resarcir a miles de víctimas que han pagado caro su destino y el de sus herederos.