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13 de diciembre de 2023, 3:00 AM
13 de diciembre de 2023, 3:00 AM

Ignacio Vera de Rada 

En el mundo actual, la mayor parte de las personas (me incluyo) vive sumida en la cultura de la validación de su vida por los likes que recibe en las redes sociales: ahora vales por (y tu autoestima se basa en) la aprobación que los otros hacen de tu vida a través de los ‘Me gusta’ de Facebook, Instagram, X (Twitter) u otras redes más. Esto no quiere decir que antes las personas no se fijasen en el qué dirán de los de su círculo social; quiere decir más bien que esa validación está presente ya no tanto en los chismeríos de las reuniones presenciales, sino sobre todo en las pantallas de los teléfonos inteligentes y ordenadores, que captan nuestra atención durante buena parte del día. Pero confeccionar una imagen a nuestro gusto, dejar huella pública de lo que queremos solamente, dificulta la introspección, que era una de las divisas de Sócrates (“Conócete a ti mismo”, en el oráculo de Delfos), y nos lleva hacia la idea de que somos solamente algoritmos, como siguiere el historiador israelí Harari.

Los perfiles en Facebook, Instagram, X y otras redes sociales, gimnasios de narcisismo, son generalmente hechos al gusto de las personas que los hacen, como no podría ser de otra manera, pero también hechos al gusto de las personas de su entorno social digital que los ven, y no el retrato fiel u honesto de lo que en verdad son. Normalmente, la información que contienen es mucho más material y plástica que introspectiva o espiritual. Y así, las fotos de viajes, de logros académicos, de nuevos empleos, de nacimientos o gestaciones o de cenas familiares, no son sino solo una parte ínfima de todas esas existencias que también están marcadas seguramente por la oscuridad y la tristeza, elementos inevitables en este mundo, según Schopenhauer. Políticos, artistas, escritores, empresarios, personas comunes y corrientes, nadie se salva de este síndrome ya viralizado y propio de la modernidad líquida o de la era de la comunicación instantánea.

Esta última posee un efecto doble: conectar a personas a través de distancias inmensas diluyendo el tiempo, por una parte, y separarlas y aislarlas de quienes antes tal vez antes eran sus más frecuentes interlocutores, por otra. Pero al parecer la superficialidad digital no llena aquellos vacíos que solo llena la proximidad física. No creo que sea una casualidad, por ejemplo, que en esta época haya muchos más psicólogos que antes y sean mucho más requeridos en todo tipo de corporaciones en el mundo occidental. La sensación de vacío, el efecto de la soledad, no están pudiendo ser suplidos por, verbigracia, una videoconferencia; es más: se están intensificando.

Sería iluso pensar que la humanidad podría regresar a cuando no existían redes sociales, teléfonos inteligentes o comunicación instantánea por internet. Para hacer eso —o simularlo al menos—, se tendría que ser un ermitaño que viva en el retiro, a prudente distancia de la cultura occidental. Es que la modernidad es como un monstruo que crece imparablemente y lo engulle todo a su paso. De hecho, como no hay nada nuevo bajo el sol, la humanidad, hace algunos siglos, ya miró con desconfianza ciertos patrones de la modernidad que se avecinaba —las máquinas, la técnica o la ciencia positivista, las cuales parecía que iban a trastocar la vida cotidiana de las personas—, y lo puso muy de manifiesto. Aquella protesta se deja ver sobre todo en el arte de los románticos de Alemania y Francia, de los siglos XVIII y XIX, que levantaron nuevamente la voz de la introspección y los sentimientos del yo, en vez de la de la razón, que había sido la bandera de los enciclopedistas y sería luego la de los positivistas. La literatura de Lamartine, Victor Hugo, Goethe, Stendhal, Walter Scott y algunos otros, no es sino el manifiesto artístico por regresar a formas y pautas de vida que tenían en cuenta los sentimientos y las sensibilidades humanas que estaban siendo dejados de lado por las corrientes filosóficas y científicas emergentes de ese tiempo.

A los médicos, científicos, inversores y entusiastas de las tecnologías de vanguardia no les interesan las reflexiones sobre la felicidad humana o sobre el supuesto beneficio que siempre brinda la tecnología a la vida del hombre, pues su objetivo —y no hay que reprocharlos por eso— más bien consiste en acelerar la carrera tecnológica. Esa tarea, la de la reflexión de la alienación que vive el mundo, compete a los filósofos y escritores, y creo que sobre ella hay mucho que especular y cuestionar.


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