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Los alter ego y el serrucho poselectoral

Viernes, 08 de mayo de 2026 a las 04:00

Concluidas las elecciones subnacionales, la atención deja de estar en las urnas y pasa a los despachos. Ahí nace una duda legítima: ¿Qué harán los alter ego?


El tiempo electoral concluyó, pero la gobernabilidad recién empieza. Y la primera amenaza no siempre viene de la oposición, sino de adentro: de la segunda personalidad alterna, que busca dejar de ser segundo.


Llamamos alter ego al hombre de confianza, al que maneja la agenda, las alianzas y muchas veces el poder real. Es quien opera en la sombra mientras el líder pone la cara. En campaña fue leal, indispensable. En gestión, la historia cambia, puede volverse un dolor de cabeza.


La preocupación es válida. La experiencia boliviana muestra que el alter ego de hoy puede ser el tránsfuga de mañana. Conoce los secretos, controla operadores, administra recursos y teje su propia red. Si el líder se debilita, el alter ego tiene todo servido para “serrucharle el piso”: negociar con la oposición, dividir la bancada o construir su candidatura para 2031.


En el orden nacional, hoy vivimos las tensiones entre el presidente Rodrigo Paz y el vicepresidente Edmand Lara que muestran cómo la fórmula que ganó unida hoy enfrenta roces públicos. Cuando presidente y vice no hablan el mismo idioma, el gobierno se entorpece y el país pierde. El alter ego institucional, que debería ser el primer soldado del proyecto, termina enviando señales de división.


Esto no es teoría. Ya lo vimos también en concejos municipales y asambleas departamentales del pasado: vicegobernadores que terminan enfrentados al titular, secretarios de confianza que arman bloque propio, concejales puestos por el alcalde que votan con la acera del frente.


Santa Cruz ya vivió este libreto con el gobernador Luis Fernando Camacho y el vicegobernador Mario Aguilera. Lo que empezó como una dupla electoral terminó en distanciamiento político y pugna por el control de la Gobernación. Aguilera, el alter ego de Camacho, asumió funciones en un contexto de crisis y marcó línea propia. El resultado: incertidumbre institucional y un electorado que votó por Camacho, pero terminó gobernado con otro sello.


Ambos casos confirman el riesgo: el alter ego conoce los secretos, controla parte de la estructura y tiene legitimidad por el voto. Si decide “serruchar el piso”, no necesita buscar aliados afuera; los construye desde adentro.


El serrucho al líder no es solo una traición personal. Es una estafa al elector. Se votó por un proyecto con Paz a la cabeza, no por un cogobierno en disputa. Se votó por Camacho, no por una transición no planificada.  Cuando ese pacto se rompe, se rompe también la gobernabilidad.


Por eso, el desafío de las nuevas autoridades no es solo gestionar. Es blindar la lealtad interna. Definir reglas claras, evitar caudillismos de segunda línea y recordar que el poder delegado por el pueblo no admite inquilinos.


Por eso, tras las elecciones subnacionales 2026, la tarea de alcaldes y gobernadores electos no es solo armar gabinete. Es blindar la lealtad, poner reglas claras con sus vicealcaldes, vicegobernadores y secretarios de confianza. Porque en política boliviana, el alter ego sin lealtad deja de ser segundo: se vuelve aspirante. Y cuando el segundo quiere ser primero a mitad de partido, el que pierde es el ciudadano. Porque en política, el alter ego sin lealtad no es un aliado: es un sucesor impaciente.
 

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