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OPINIÓN

Amigos inolvidables, tipos ejemplares

31/7/2020 03:00

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Marcelo Rivero

Poco más de tres años han pasado desde la última vez que escribí en EL DEBER y con cuánto dolor vuelvo sobre el teclado para evocar a seis amigos que en estos tiempos tan dramáticos abandonaron la tierra que tanto amaron llenando de angustia a sus innumerables seres queridos, entre los que tuve la dicha de contarme.

Oscar Coronado fue uno de ellos, tan pulcro, tan respetuoso, tan lleno de anécdotas casi siempre risueñas, que con tanto afecto me trató al punto de que, así hubiese sido de un día para otro, me prodigaba un abrazo con la frase invariable "mi hermano Chelo". Por esos mismos días fue la hora final de Ronald Cadario, uno de los antiguos y grandes amigos de nuestra Fraternidad Tte. Guillermo Rivero Mercado. Tan optimista, tan conversador, tan cariñoso y cordial, Ronald fue un cruceño que brotaba pecho, como pocos, en el instante de decir "soy camba de pura cepa."

En la línea de esos tipos fuera de serie figuraron Julio Gianella y Raúl "Chuño" Rodríguez, el primero aplomado y sobrio ciudadano y el segundo el tan entusiasta Chuño, médico y sobre todo exquisito cantante que con su voz romántica endulzaba la fiesta que fuere y los juntes de su Fraternidad Bacanes. Ambos, asimismo, partieron por el camino sin retorno dejando una estela de recuerdos gratos que llevaremos por siempre en nuestros corazones.

Pero la guadaña aún tiene que segar la mejor mies y así viene el mazazo más terrible: Róger Lozada acaba de morir, me dijo la voz agobiada por el dolor de mi primo Carlos Alberto Mercado, quien en su condición de neurólogo acababa de ver que el Negro de las tertulias inacabables y eternamente interesantes consumía sus últimos momentos de la vida. Casi desde el comienzo de este obligado y extenuante encierro hablaba con Negrito Lozada por teléfono y así lo habíamos hecho 24 horas antes de la tragedia. ¡Carajo qué tragedia que uno de los cruceños de mejores quilates y el gran amigo de todos, se muera estando saningo! Cuántas cosas recordé con Negrito en esas charlas telefónicas; es que con este hombre excepcional compartí momentos largos desde la primera juventud, carnavaleamos en los Pintones y Patrones, comparsas de las que Negro era puntal; trabajamos juntos en la Caja Nacional de Salud, de la que salió para ser soldado en la lucha por las regalías petroleras, por eso sufrió el ostracismo; compartimos ideas políticas en la Democracia Cristiana, de la que él fue uno de los jóvenes líderes; coincidimos en los afectos deportivos como fanáticos de Blooming y fuimos amigos de fierro en nuestra tan querida fraternidad. Casi todos hemos envejecido, menos Negro Lozada, por eso la comparsa Patrones siguió viva, él todos los jueves de frater a través de rifas recaudaba fondos para que el grupo carnavaleara a bajo costo, encargándose, además, de organizar las fiestas, contratar la música, en fin, de que haya un buen churrasco, un locro apetitoso, una patasca sabrosa. . . ¡Negrito del alma cuánto más podría recordar de su paso tan fructífero por este pueblo que sigue llorando su desaparición!

Y aún enjuagaba unas lágrimas cuando a las 7 de la mañana del 24 de Julio, al retornar de mi caminata, miro el teléfono y leo el mensaje de mi hija Carmen Julia: papito, ha muerto del Dr. Oscar.

¡No puede ser, no puede ser! ¡Dónde está la justicia que proclaman unos y que invocan otros! Dónde, dónde, dónde. Es que Oscar Urenda era de los que jamás tendría que morir porque era el servidor incondicional sin importar la cara, el médico calificado y diligente, el funcionario puntual y sacrificado hasta la muerte, el político limpio que solo ambicionaba servir a su patria y a su tierra camba, el dirigente cívico, social, deportivo, profesional. . . idóneo, el amigo grandioso, cordial y sincero, el que con su canto varonil y melodioso animaba las reuniones de su familia, de su agrupación Bacanes, del Club Social y de otras entidades. La imagen de Oscar Urenda Aguilera, en suma, cobra su máximo fulgor en el plano familiar, donde fue hijo, hermano, esposo y padre cariñoso, sano, comprensivo, leal y bondadoso.

Estoy dolorosamente enlutado ante el fallecimiento de estos amigos tan entrañables y no cabe dudas de que Santa Cruz ha perdido hijos notables, esos que aparecen muy de cuando en cuando. . .