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El amor y la fragilidad.

Viernes, 17 de abril de 2026 a las 04:00

La primera escuela de la vida es la familia, el entorno donde nos desarrollamos. Por eso cuando uno crece y se es adulto vamos solucionando problemas como lo solucionaban nuestros padres o las personas que nos formaron. Vamos siendo conscientes que resolvemos problemas al estilo de quienes nos formaron. Es una manera de reconocer el aprendizaje recibido. Y aquí no se trata de evaluar a quienes nos formaron, sino de nosotros revisar, qué nos ha aportado favorablemente para nuestra vida lo que recibimos y qué otras cosas podríamos superarlas y mejorarlas.  Sin embargo, hay algo que no podemos revisar si aceptamos o no, y es el don de la vida que Dios nos dio y el sí de nuestros padres cuando, abiertos a la vida, decidieron tenernos y nos esperaron. Nos educaron y nos enseñaron desde su manera propia de ver la vida.

En esa enseñanza, pensar que nuestros padres nos esperaron, que fueron nueve meses de gestación, ya hay un gran motivo para agradecer a Dios y a nuestros progenitores. Más allá de si fueron acertados o no en nuestra crianza, ya hay un gran motivo para agradecer.  Hay esfuerzos, dolores, trabajo, ilusión y mucho amor.

A veces cuando las personas me dicen que sienten que sus padres no fueron tan afectivos, tan amorosos, entiendo que los padres, en medio de sus realidades históricas, han decidido soñar, amar y procrear en medio de la fragilidad que también cargan en su cuerpo, en su mente. Y es hermoso pensar que las personas no se han quedado limitados a sus historias de vida difíciles, sino que en sus hijos sueñan y quieren un mundo mejor.

Es verdad que hay historias de infancia muy difíciles. Casi traumáticas, poco afectivas. No obstante, eso no limita a que seamos agradecidos. Hace poco escuchaba a alguien que decía que no fue tratado con tanto afecto de niño, pero que ahora logra acercarse a sus padres con cariño, que poco a poco ha ido generando un proceso de mayor cercanía y ternura.

Hay personas que no saben ser cariñosas, fueron formados con un alto grado de frialdad, pero eso no quiere decir que muchas veces quieran ser más expresivos en sus afectos de bondad y ternura. Solo que les cuesta más. Les ha faltado entrenarse en esta dimensión. Sin embargo, de alguna manera todas las personas expresan afecto. Por eso, es interesante leer las expresiones de torpeza de quienes aparentemente son fríos y toscos en las relaciones humanas, como una manera de reclamo ante lo que no recibieron y desearon tener.

Ser tosco, es un reclamo de afecto inconsciente. Tal vez cuando en la vida nos aparecen personas así, tendremos que ser pacientes, para acompañar, y para ir dando con gestos sencillos el aprecio que la gente necesita para ir sanando. A veces no necesitamos dar detalles, ni decir palabras bonitas, solo necesitamos estar. Acompañar es algo tan valioso, que las personas aprenden a apreciar. Si en el proceso vemos la opción valiosa de un detalle, de un gesto, vale la pena aplicarlo, con la paciencia y con la conciencia de saber que son personas que no están acostumbradas. Eso si, una cosa es la apariencia y otra cosa es el corazón. Porque, aunque una persona no siempre responda de la forma que esperamos ante un detalle, en su corazón sí va aumentado el cariño que no fue expresado explícitamente.

En algunos casos existe un corto circuito entre lo que se comunica y lo que se siente en el corazón. Por eso a veces las personas manifiestan que no fueron eficaces en comunicar la alegría que sintieron, pero si estuvieron muy felices de la forma como les trataron.

Nunca podemos arrepentirnos de tratar bien a las personas. Así parezca que no fuimos valorados. Y tampoco te hieras. Qué grande que, en este mundo de guerras, de violencia, tu hayas sido una brisa fresca de armonía en el entorno. Qué bueno que hayas sido bondad y no maldad. Qué bueno que seas agente de paz y no de violencia.

Mi querido lector hay mucho bien por hacer, muchas expresiones por entender y varios procesos por empezar a sanar con entornos de bondad que generan armonía y novedad.

Su amigo,

Andrés Yamit Carrillo Mendoza, misionero Pasionista; Spotify: cantopasion

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