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26 de julio de 2017, 4:00 AM
26 de julio de 2017, 4:00 AM

Siempre hay algo que emociona en las despedidas. En esos adioses se cifra el sentimiento de la melancolía más profunda cuando sabemos que habremos de extrañar a quien se ausentó de nuestras vidas. En la contracara de esa emoción, si la partida es definitiva, asoma la esperanza del reencuentro en el Reino de Dios. Una semana después del jueves negro, soñé a Ana Lorena, levantando su mano detrás de la ventanilla de un inmenso avión color níveo, agitándola suavemente en señal de despedida. Desperté cuando la imagen de la aeronave se alejaba y se perdía en el infinito. Quedé atrapado en la ley del desasosiego.

Desde niña dibujaba mucho y construía con primor castillos y figuras fantasmagóricas. Un universo encantado del que era creadora. “Afuera no me sentía tan a salvo. Nadie se siente tan a salvo”, me dijo Ana Lorena, a tiempo de celebrar junto a ‘Tesorito’, su progenitora, y Eduardo Arturo, su hermano, el Libro de oro de los más destacados profesionales del año 2016, editado por una prestigiosa universidad estadounidense y donde su nombre figura en un puesto de honor. Cuando cursaba el último año de Economía, en Arkansas, respondió así a una pregunta académica: “Me interesa ser testigo del primer plano de las cosas. Me gusta estar in situ. Es una posición privilegiada, y mientras exista la oportunidad de aprender y servir, la voy a aprovechar”. Sobre el valor del perdón, me confió estos comentarios: “Perdonar no es un sentimiento, sino una decisión interna para beneficio propio y no un favor para quien causó daño. Las personas sanas son aquellas que disfrutan, se olvidan de las cosas desagradables, ríen y pueden borrar los agravios y las ofensas. Sin duda, perdonar y también pedir perdón ayudan a vivir mejor”.

Vivimos una época muy peligrosa. Como dijo el misionero y premio nobel de la paz Albert Schweitzer: “El ser humano ha aprendido a dominar la naturaleza mucho antes de haber aprendido a dominarse a sí mismo”. 

La dolorosa muerte de Ana Lorena Tórrez Torrico marca un parteaguas, es decir un antes y un después del horror y el crimen organizado que asuelan al país; pero también ha reavivado la conciencia en torno a los más nobles postulados de solidaridad y justicia.  

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