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26 de julio de 2023, 4:00 AM
26 de julio de 2023, 4:00 AM

Gustavo Blacutt Alcalá

Durante más de 70 años, el mundo estaba dividido en dos bloques ideológicos, políticos, económicos y militares que arrastraban a varios países que se identificaban con uno u otro bloque  enfrentado, uno de ellos era el bloque capitalista, basado en la ideología liberal, la democracia representativa y el libre mercado, liderizada por los Estados Unidos, el otro bloque era el modelo comunista de sociedad, basaba en la ideología marxista-leninista, democracia popular de partido único y capitalismo de Estado en el que todos los medios de producción eran propiedad del Estado, liderizada por la Unión Soviética.

Con la caída del Muro de Berlín, en 1989, se produce un rápido colapso de los regímenes del bloque soviético, llamado bloque del “socialismo real”, en el que el mundo descubre, un desastre económico sin parangones,  que imposibilitó seguir el ritmo de  las  economías  capitalistas  desarrolladas, dejando  una  herencia de escasez, quiebra de los servicios públicos y de las empresas industriales; con devastadoras consecuencias ecológicas, de contaminación y despilfarro de recursos de la industrialización mediante la planificación autoritaria; el carácter ficticio de la igualdad que pretendían haber logrado, se traducía en subempleo para la inmensa mayoría de sus poblaciones, en doble jornada de  trabajo  para  las  mujeres  y  privilegios  y  corrupción  para  las  elites gobernantes, que combinados dio fruto al rechazo y apatía social, emergiendo una sociedad desarticulada, desamparada y víctima de los extremismos y la intolerancia.

De la caída del Muro de Berlín surge un mundo unipolar en el que aparentemente las ideologías ya no son necesarias, sino que estas son sustituidas por un pensamiento económico único neoliberal con una fuerza arrolladora, que hizo pensar que estábamos ante el “fin de la historia y el último hombre” (Fukuyama) que supondría el fin de las guerras y las revoluciones, que pondrá fin a las ideologías que serían reemplazadas por la ciencia, la economía de libre mercado y la democracia representativa para satisfacer las necesidades fundamentales del ser humano.

A partir de la caída del muro de Berlín, el discurso anticapitalista, antiimperialista de la lucha de clases, de la vanguardia obrera, de la lucha de guerrillas etc., entra en una profunda crisis política, demostrando su fracaso en el mundo entero. Una primera consecuencia de este fracaso es la desaparición de la clase obrera, como sujeto político de ese cambio. Ante este panorama desolador los comunistas de este nuevo milenio se replantean la lucha por el poder rescatando las teorías políticas de Gramsci, Laclau, Mouffe, etc., y siguiendo sus teorías, plantean la lucha contra el capitalismo como una cuestión esencialmente ideológica y cultural, una batalla por imponer un nuevo relato contrahegemónico al neoliberalismo unipolar, que exprese el sentido común de época a partir de un sistema de concepciones expresadas en formas simbólicas, en el que se resignifican las palabras y los discursos políticos. Este cambio de los paradigmas y contenidos significa la reelaboración de las mismas teorías y contenidos, pero con otro lenguaje y ropajes, de esta manera ya no se habla de dictadura del proletariado, sino de democracia radical, democracia popular, democracias en acción, etc., ya no se habla de clase obrera, sino de clases sociales, clases plebeyas, clases subalternas, clases laboriosas, clases menesterosas, etc.

La nueva izquierda surgida de las cenizas de la caída del muro de Berlín, remplaza a la clase obrera como sujeto político del cambio, por nuevos actores con identidad de género, origen, raza, cultura,  que son las minorías disconformes, como las mujeres, indígenas, ambientalistas, personas LGTB, animalistas, etc. cuyas demandas de igualdad y respeto a sus diferencias son las que convocan e interpelan a las élites políticas y proponen cambios en las agendas políticas, económicas y sociales, que atiendan sus demandas de inclusión, no discriminación y reconocimiento de derechos, garantías y libertades, que a lo largo de la historia han sido negadas sistemáticamente.

Este nuevo discurso contrahegemónico al mundo unipolar, basado en la batalla cultural e ideológica, se replantea las formas tradicionales de asalto al poder armado foquista o revolucionario y acoge los planteamientos liberales de acceso al poder por la vía de la democracia representativa, que les otorgue legalidad, legitimidad y legitimación en el origen del poder, sin embargo, una vez instalados en el poder, poco a poco, con más o menos intensidad, comienza a utilizar los mecanismos democráticos para afianzarse en el poder a través de una sucesión de procesos electorales, unas veces opacos y poco transparentes y otras francamente fraudulentos, para eternizarse en el poder mediante una serie de referéndums, cambios constitucionales, nuevas estructuras institucionales, revocatorios, plebiscitos, etc., que afiancen su hegemonía política.

En América Latina en 1990 surge el Foro del San Pablo, como una organización de partidos de izquierda que plantea un conjunto de acciones coordinadas para acceder al poder de forma democrática, pero con intenciones dictatoriales, pero que a diferencia de las antiguas dictaduras militares, en el que el uso de la fuerza y coacción del Estado era de manera abierta y brutal, se plantean la utilización de la fuerza y la coacción del Estado de manera invisibilizada, oculta y simulada, ese mecanismo mediatizado es esencialmente  el poder judicial, que en vez de utilizar tanques, fusiles y metrallas, utiliza sus sentencias, actuados y resoluciones para amedrentar, perseguir y acallar a la oposición política y disciplinar a la sociedad, es la parte bestial de esa batalla cultural no violenta de lo que Gramsci llamaría el “puño de hierro envuelto en un guante de seda”

(Con este artículo iniciamos un pequeño ciclo de análisis político para tratar de entender el momento político que vivimos)

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